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Hambre de libros

Mi abuela tiene 84 años. No se le dan muy bien las tecnologías. Ya tuvo problemas con el DVD, el móvil parece que lo descuelga, pero creo que siempre llama marcando los números a mano, pero tiene un eBook. Ésta es su historia.

Imagen 8

Mi abuela en Egipto.

Mi abuela nació en 1930. La Guerra la pilló de niña en Valencia y los recuerdos de esa época siguen vivos casi 80 años después. A mí de pequeño me contaron que mis abuelos habían luchado en bandos opuestos durante la Guerra (uno era de Valencia y otro de Valladolid), y a mí aquello me parecía una anécdota, una curiosidad simpática, hasta que atisbé, a través de mi abuela, lo que la Guerra significó realmente.

Para mi abuela significó pasarlo muy mal. Su padre, mi bisabuelo, tuvo que poner pies en polvorosa y se refugió en México, un país que acogió con los brazos abiertos a los españoles que en aquel entonces, vivieron algo parecido a lo que viven hoy los sirios. Por avatares del destino en los que no me entretendré, mis bisabuelos jamás se reunieron, y mi bisabuela se quedó en Valencia con tres hijos, sin marido, sin trabajo y en el bando perdedor.

En Valencia la posguerra no fue nada fácil. Mi abuela tuvo que empezar a trabajar desde muy pequeña. Con 8 años vendía pan de estraperlo en el mercado y un poco después empezó a trabajar en un taller de costura. Así que con tanto trajín no pudo ir al cole después de la Guerra.

Mi abuela recuerda vivamente su cole antes de la Guerra y especialmente recuerda dos cosas: los libros que allí había y las obras de teatro en las que participó. Desde pequeña se interesó por los libros y la lectura y parece ser que se le daba muy bien memorizar los diálogos. De mayor quería ser actriz. Pero nada de eso llegó a ser posible.

La Guerra y la posguerra truncaron los sueños de muchos. Las personas que lo estaban pasando un poco menos mal, eran a veces generosas con las que sí. Una amiga de mi bisabuela se ofrecía a llevar a mi abuela y a su hermana a su casa en un pueblecito (lejos de la urbe llena de miseria que era Valencia) durante los veranos. Mi bisabuela aceptaba aquello porque significaba que esos meses sus hijas iban a tener la comida asegurada. Así de mal estaban las cosas. Una vez me contó mi abuela que en aquel entonces toda la carne que comían eran pulmones de vaca. Cuando su madre podía permitirse un pequeño capricho, esa era la carne que les llevaba.

Para tranquilizaros, os diré que según fueron pasando los años, la situación amainó, mi abuela conoció a mi abuelo (también perdedor en la Guerra, pero con trabajo) y tuvieron 5 hijos que crecieron sin grandes carencias, que pudieron ir al cole y leer y (dos de ellos, fíjate tú) escribir.

Dada la afición de mi abuela por la lectura, uno de los pocos inventos que ha permitido que entraran en su vida ha sido el eBook, o sea, el eReader, que es como hay que decirlo. Las letras en su pantalla son ridículamente grandes, pero esa es otra de las grandes ventajas de esta tecnología. Y a pesar de que saber pasar las páginas y cambiar de libro (a duras penas), no sabe descargarse libros nuevos, así que cuando alguno de nosotros vamos de visita, nos pide que le bajemos tal o cual libro.

Hace unos días se terminó La montaña mágica de Tomas Mann y me pidió que le recomendara otro libro y se lo bajase. Últimamente yo no he leído mucha novela, más bien ensayo, así que le recomendé Sin ti no hay nosotros de Suki Kim, un relato autobiográfico de las experiencias de una profesora de inglés en una universidad de Corea del Norte. La idea le pareció interesante a mi abuela, pero por desgracia no estaba en español en Amazon.

Así que pasé a la lista de los más vendidos, allí había un libro de Nieves Concostrina titulado Menudas Historias de la Historia, que no es más que un anecdotario de hechos históricos contados con bastante salero, explicando cómo sucedieron y cómo han pervivido algunas interpretaciones erróneas. Le leí la descripción, le pareció bien y se lo bajé.

A la semana siguiente me dijo que no le estaba gustando demasiado. Que sí, que era entretenido el libro, pero que ella buscaba algo más profundo, de más calidad literaria. Entonces me arremangué y le dije, a ver, trae, que te buscamos otro. Pero entonces me dijo que no, que primero iba a terminarse éste. Sabes que no hay por qué acabarse los libros que a uno no le gustan, ¿verdad, abuela? Le dije. No, yo nunca hago eso, contestó. Yo si lo empiezo, lo acabo.

Como quieras, le dije. Y en aquel momento me pareció que semejante obstinación era una cabezonería de persona mayor, que no merecía la pena perder el tiempo con un libro que a uno no le entusiasma… ¡Hay tantos! ¿O no?

Pues quizás no. Yo he nacido en la abundancia de libros. Antes de saber leer, ya tenía una estantería llena de libros, y a lo largo de mi vida nunca he tenido problemas para conseguirlos: mis amigos me los prestan, tengo dinero para comprarlos, las bibliotecas son accesibles y además está Internet…

Pero mi abuela pasó hambre de libros. Mi abuela alquilaba el libro que pillara en el quiosco y se lo leía. Si algún amigo se hacía con un libro, ella lo leía. Y había que ser rápida, porque no estaban mucho tiempo en sus manos, eran prestados por alguien a quien se lo había prestado otro alguien a quien también se lo habían prestado. Si pasaba el verano en casa de unos amigos de sus padres, devoraba todos los volúmenes que pudiera encontrar en aquella casa. Si se encontraba un folio escrito por la calle, lo leía con la esperanza de que contuviera una historia o una carta de amor.

Uno de esos veranos que pasó en casa de esa amiga de la familia, mi abuela empezó a leerse un libro de un tal Lorenzo Gualtieri (un escritorzucho de segunda fila que pasó sin pena ni gloria) titulado Mercedes o el destino fatal. La suerte quiso que aquella mujer no se llevara nada bien con la hermana de mi abuela, y un día decidieron volverse solas a Valencia: dos niñas de 12 y 8 años cogiendo el tren. Mi abuela, que aún no había terminado aquel libro lo escondió en su maletita. No sé si tenía intención de devolverlo o no, ella omite esa parte cuando lo cuenta, así que tal vez no tuviera planes más allá de llegar al final de la novela. Pero la dueña era muy lista. Revisó sus equipajes antes de que se fueran y le quitó el libro.

El año pasado, dimos con Mercedes o el destino fatal que, por supuesto, no se reeditó jamás. No fue fácil, porque dependiendo del día, a veces mi abuela narraba la historia diciendo exactamente el título y otras veces (cuando íbamos a apuntarlo) se le olvidaba, Vagaba en círculos en torno a un recuerdo sin precisar nunca la segunda parte del título. Mercedes y la mala suerte… No… La pobre historia de Mercedes… No, tampoco… Mercedes y el terrible… No…

Se lo regalamos a mi abuela por su cumpleaños y empezó a leerlo pero le pareció tan malo, que lo abandonó a las pocas páginas. Es el único libro del que tengo constancia que ha dejado a la mitad, y dos veces: con 12 y con 83 años. Y tal vez sea porque ese libro no es un libro, sino un recuerdo. Lo conserva con cariño, pero no parece que vaya a leerlo.

Suelo pensar que si mi abuela hubiera nacido en la democracia, hubiera sido una mujer muy diferente. No le pega ser ama de casa, que es lo que fue. Según cuentan mi madre y mis tíos, era mi abuelo el que cocinaba bien. Pero a ella le toco otra época, otra vida y otras penurias. Le tocó vivir el tiempo del hambre, del hambre del estómago y del hambre de la cabeza.

En casa de mi abuela la comida no se tira y los libros se leen hasta el final.

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