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La ciencia y la ficción

En el mundo de la ciencia ficción (como en el mundo del turrón) existen dos géneros principales: el duro y el blando, dependiendo de la importancia que tenga o no la ciencia propiamente dicha en el desarrollo de la narración.

De hecho, el término ciencia ficción es un calco horroroso de inglés science fiction, cuya traducción es ficción científica, o fantaciencia, si queremos, al itálico modo.

Y todo tiene su por qué. Es ficción científica porque en ella la ciencia tiene un papel crucial. Una buena historia de ficción científica dura debe contener una premisa (como por ejemplo que se puede viajar en el tiempo, que hemos contactado con una raza extraterrestre, que los robots son tan perfectos que parecen humanos…) y una resolución, que viene dada por las consecuencias lógicas de la premisa. Es más, la resolución debe poder inferirse de la premisa, pero no puede ser tan obvia que no sorprenda al lector. Así funciona la ficción científica dura.

[Aunque hay grandes obras de ficción científica blanda, como El Quinto Elemento, hoy nos centraremos más en la ficción científica dura. Y sí, de aquí en adelante voy a usar ficción científica en lugar de ciencia ficción.]

Pero concretando un poquito más podríamos hablar de ficciones científicas de las distintas ciencias. Por ejemplo, la ficción física. La ficción física es la ficción científica más popular. En ella se proponen premisas que cambian la física tan y como la conocemos. Dos ejemplos paradigmáticos de ficción científica son Regreso al Futuro (1985) de Robert Zemeckis (donde la premisa es que se puede viajar en el tiempo) y  Star Trek (1966-69) (cuya premisa es que las naves espaciales puedan hacer viajes interestelares).

Otra ficción científica muy popular es la ficción biológica. En DuneLa Voz de los Muertos o Parque Jurásico (1993), los autores crean ecosistemas completos donde se desarrolla la acción, pero estos ecosistemas no son sólo el contexto en el que se desenvuelven los protagonistas, sino que son los propios protagonistas.

Muy relacionada con la ficción física está la ficción técnica, muy golosa en nuestros días. La encontramos en series como Bones (2005-) o Vigilados (2011), pero se cultivaba desde hace tiempo con clásicos como Veinte mil leguas de viaje submarino de Verne.

Ahora que estamos metidos en harina, la pregunta es: ¿Existe una ficción científica para cada rama del conocimiento? En otras palabras: ¿Se puede hacer ciencia ficción de cualquier ciencia?

Parece que sí. El Hombre Terminal de Michael Crichton es una excelente obra de ficción médica, incluso psiquiátrica, pero también es ficción médica Frankenstein o el moderno Prometeo. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde es ficción química (orgánica, claro) y Matrix (1999) es ficción informática.

Hasta ciencias tan poco glamurosas como la estadística han dado a luz obras geniales, como la Fundación de Asimov, que es ficción matemática, estadística y psicológica, pero si hay que elegir una, me quedo con ficción estadística.

Para forzar un poco más la maquinaria, sacudamos ahora al concepto de ciencia. Normalmente entendemos por ciencia aquellas áreas de estudio relacionadas con la observación empírica de la naturaleza. Sin embargo, se habla de la ciencia de la Historia o la ciencia del Derecho.

¿Existe la ciencia ficción legislativa? ¿Hay ficciones científicas (ahora sí) para cada ámbito del saber humano? Recordemos las características de la ciencia ficción: una premisa posible y una resolución que se derive de ella.

La lotería de Babilonia de Borges cumple los requisitos para ser una ficción legislativa (“ciencia ficción” sobre el Derecho), pues en ella se describe una sociedad imaginada con unas leyes (he aquí las premisas) de las cuales se derivan unas situaciones (he aquí la resolución) que el lector, aunque entiende que son su consecuencia lógica, no se espera.

Y si partimos de premisas históricas divertidas entramos en el terreno de ucronías y distopías, pero ojo, para que siga siendo ficción científica (al menos ficción científica dura), debe de mantener las leyes que hoy en día conocemos y aceptamos, para que la consecuencia lógica de la premisa sea eso: lógica. Es decir, la ciencia que se describe en la obra no puede estar tan alejada de la ciencia actual como para que el lector no entienda cómo se alcanza la resolución.

Sin embargo, hay ficciones históricas puras como Juego de Tronos (2011-) (también ficción geográfica en el sentido más amplio de la palabra), donde se plantean unas premisas históricas y se narran las consecuencias derivadas de ellas. De hecho, a George R. R. Martin le encantan las ciencias sociales, porque su relato Los Reyes de la Arena es ficción sociológica reducida a la esencia.

Yo qué sé. Anochecer de Robert Silverberg (e Isaac Asimov… que te lo venden como un featuring y en realidad es un remix infumable sobre un sample de Asimov) es ficción astronómica, casi ficción climatológica. También he leído algún relato en el que se descifran lenguas extraterrestres, eso es ficción lingüística. Mundo Anillo de Larry Niven es ficción arquitectónica… o más bien ficción de ingeniería.

Aunque es difícil decir que una obra pertenezca exclusivamente a un tipo de ficción científica, sí podemos encontrar una ciencia predominante.

También depende del momento histórico. Los miedos y temores a la ciencia y la tecnología (presentes desde siempre, véase Prometeo o el Árbol de la Ciencia) van cambiando con los siglos. En épocas pasadas la química podía parecer algo amenazante, la astronáutica asombraba (incluso la aeronáutica: Cinco Semanas en Globo) y la física nuclear era la excusa perfecta para crear súper héroes, puertas a otros mundos o motores potentísimos. Hoy en día tememos más a la informática y a la genética, por eso la ficción científica que más consumimos suele apoyarse en estas dos disciplinas: Héroes (2006-10)Kyle XY (2006-09), Moon (2009) (¡eh! Ésta es buenísima y aúna las dos cosas), Eva (2011), Distrito 9 (2009)

Tal vez el reto para los escritores ahora sea hacer un barrido exhaustivo por todas las ciencias y encontrar aquellas que todavía no se han usado en la fantaciencia. Venga, anímense a crear su propia obra de ficción sismológica, ficción lexicográfica o (¿por qué no?) la trepidante ficción biblioteconómica.

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