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5 preguntas sobre Juego de Tronos 7×01

Ante la avalancha de preguntas sobre el último capítulo de Juego de Tronos, me veo obligado a escribir un post en el que poder analizarlas una por una y explicarlas, para que no os perdáis ni un detalle de vuestra serie favorita (y tampoco de Juego de Tronos).

ESPÓILERES DESDE YA.

1. Aceptamos que Arya pueda cambiar su rostro, pero, ¿cómo es posible que cambie su voz y su constitución?

La voz es una de las 12 disciplinas del entrenamiento que Arya recibe en Braavos en la Casa de los Rostros. Aunque este detalle no aparece en la serie, sí está presente en los libros. En la Academia, Arya aprende Rostrificación, Esgrima, Costura y Disfraz I, Costura y Disfraz II, Inglés para Asesinos, Derecho Administrativo, Fundamentos del Ardid y la Triquiñuela, Sigilo, Nuevas Tecnologías aplicadas a la Venganza, Interpretación, Canto y, hete aquí, Vocalización.

La constitución y el tamaño de su cuerpo puede cambiar a su voluntad también. Es lo que técnicamente se conoce como “El principio Mortadelo” y que se aplica aquí en su máxima extensión.

2. ¿Por qué Jon Snow es el Señor de Invernalia y no Sansa Stark? ¿No tiene ella más derechos? ¿Qué jurisprudencia de mierda sustenta este despropósito?


El ordenamiento jurídico vigente en Invernalia, como en todos los Siete Reinos, se basa en el Derecho Valirio. En los Decretos Panponientinos del rey Daeron II el Bueno, se especifica claramente que el heredero de cualquier título nobiliario es el hijo de mayor edad primando los varones sobre las mujeres (quedan explícitamente excluidos los hijos naturales). Dado que Robb ha muerto y Bran y el otro están desaparecidos, el trono de Invernalia debería pertenecer a Sansa y en ningún caso a un hijo ilegítimo. En caso de que los 5 hijos legítimos de Eddadrd Stark murieran, el trono pasaría a su hermano y sus descendientes, luego a sus primos, primos segundos, etc.

Entonces, ¿cómo es que Jon Snow ostenta los títulos de Señor de Invernalia y Kingingdenoth? El caso de Jon es un caso particular, ya que no llegó al trono de la manera tradicional. Su candidatura viene apoyada por más de una veintena de partidos, asociaciones y plataformas ciudadanas entre las que destacan: Invernalia en comú, Ganemos el Norte, Stark en Marea, Poniente sí que es pot y Villatopemos.

3. Joder qué asco el pobre Samwell, ¿por qué le tienen trabajando tanto?

El joven Tarly aún está formándose como maestre, lo cual incluye un periodo de prácticas no remuneradas, orientadas a familiarizar al aspirante con el mercado laboral y facilitar su futura inserción en este. Las tareas que le encomiendan no deben ser, en ningún caso, tareas que deberían cubrirse con otro puesto de trabajo, sino que han de estar enfocadas a la formación del candidato.

A pesar de las polémicas recientemente suscitadas con los escuderos stagers, el sistema ha demostrado ser altamente efectivo, ya que provee a los jóvenes de la experiencia necesaria para saber que la vida es una mierda.

4. ¿De quién es la casa a la que llegan el Perro y la Hermandad Sin Estandarte?

Al entrar en la casa descubren dos esqueletos congelados, uno grande y otro pequeño que, equivocadamente, confunden con un padre y una hija. En realidad son los cuerpos sin vida y ya putrefactos de Bertín y Arévalo. La casa es un apartamento alquilado por laproductora de su espectáculo a través de la web de AirBnB. El espectáculo siguió en cartel varios meses después de este incidente hasta agotar las actuaciones contratadas con los dos artistas siendo sustituidos por un saco de patatas y un mapache muerto, los cuales han recibido muy buenas críticas en medios nacionales e internacionales.

5. ¿Por qué Daenerys no se sienta en el trono de Rocadragón?

Daenerys es una dama de noble cuna que nunca se sentaría en un trono tan sucio que lleva eso ahí cerrao cogiendo polvo ni se sabe. Cierto es que en su etapa de mochilera a lo largo y ancho del Mar Dothraki la hemos visto acostumbrada un nivel de higiene mucho menor, semejante al de su Erasmus en Qarth, pero también es madre de dragones y una madre no puede permitirse según qué niveles de mugre. 

UPDATE: @adrimahlad de Twitter nos recuerda que Rickon está moñeco también.

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Destripando Westworld

Esto no va de Westworld. Esto no va de robots. Esto no va de personas que se encuentran a sí mismas en una vorágine de violencia. Ojalá pudiera dar una idea más conexa y menos deslavazada sobre mis impresiones de esta serie de HBO, pero tengo demasiados frentes abiertos. Este post va de por qué Westworld mola y ya está.

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No es mi intención analizar Westworld como una obra completa, fijándome en cada apartado técnico y creativo. Sobre eso, ya hay mucho dicho. Este post trata los temas presentes en esta obra pero contiene detalles menores de la trama.

DEL ANTIGUO TESTAMENTO A BIG HERO 6

Me alegra mucho ver que la ciencia ficción está vigorosa y de moda entre todo tipo de públicos. No hay que remontarse tan atrás para verla relegada al ostracismo de las revistas pulp, la literatura juvenil y la serie b. Eso sí, cabe la posibilidad, y lo digo con todo el miedo del mundo, de que este género sea el único género relevante.

Tenemos muchos temas recurrentes en la ciencia ficción: el espacio, los extraterrestres, los robots, los viajes en el tiempo… Pero si hay algo que une a todos ellos es el protagonismo de la ciencia y, siendo un poco reduccionistas, podríamos decir que el advenimiento de la ciencia es el Tema, el único, todopoderoso y fantasmagórico Tema.

La Revolución Neolítica fue un cambio traumático y radical. Hace unos 9 000 años, el ser humano abrazó la vida sedentaria y la agricultura y empezó la división del trabajo. Aquello supuso un impulso importantísimo a nuestra cultura y tecnología. Lo puso todo patas arriba y, para hacernos una idea de cuánto, podemos recurrir al símil saganiano del año.

Imaginemos (para poderlo entender) que la historia de la vida en la Tierra ha durado un año. El 1 de enero a las 00:00, aparece la primera célula. El 31 de diciembre a las 24:00, es ahora. Pues bien, después de días y semanas y meses de historia de la vida en la Tierra, el último día del año, a las 23:28 aparece el género homo. Es decir, nuestro género biológico. Aunque aquel primer simio todavía era muy distinto a nosotros. El homo sapiens aparece a las 23:57:30, cuando solo quedan dos minutos y medio para la media noche.

El género homo es algo nuevo para la vida y el ser humano también. La Revolución Neolítica acaece a las 23:59:53, a 7 segundos de la media noche. Y sólo a 15 centésimas de segundo de la media noche, en el último sexto del último segundo de la última hora, llega la Revolución Industrial.

Ambas revoluciones suponen un cambio radical en la concepción del mundo. Y culturalmente parece que nos quedan trazas de recuerdos de cómo era aquella vida perdida en la noche de los tiempos, de todo lo que ganamos y de todo lo que perdimos. Parece que el cambio es irreversible. Y también parece que no es gratis.

Si quieres progreso y seguridad, hay que pagarlo. Esto lo reflejamos en mitos como el de Prometeo, un titán que roba el fuego (la ciencia, la tecnología) de los dioses y Zeus a cambio envía a la Tierra la caja de Pandora, desde la que se liberan todos los males del mundo (la guerra, la enfermedad…). También está en el Génesis bíblico, en el que Dios prohíbe a Adán y Eva comer la fruta del Árbol de la Ciencia. Antes de comerla, ellos vivían felices en el jardín del Edén, comiendo lo que la naturaleza les ofrecía (como cazadores-recolectores), pero tras comerla se ven desnudos por primera vez, y son expulsados del paraíso y condenados a “ganarse el pan con el sudor de su frente”. Es decir, deberán trabajar para comer.

Ambos mitos aluden a una realidad previa, feliz, en contacto con la naturaleza, y ambos presentan un castigo al saber. Ambos mitos reflejan el precio que pagó el hombre al abrazar la ciencia.

Con Prometeo y Adán y Eva vemos una primera narrativa científica, una crítica a la ciencia, una moraleja sobre los peligros de jugar a ser dioses en lugar de animales. El ser humano irremediablemente está moviéndose siempre en esa línea borrosa entre Zeus y un chimpancé. Podríamos llamar a estos relatos ciencia ficción en el sentido de que es ficción científica (que sería la traducción correcta del inglés science fiction), pero el término ciencia ficción nos pide que, además de científica, sea especulativa.

Para encontrar ficción científica y especulativa tenemos que esperar hasta el siglo XIX donde florecen los relatos inspirados por la nueva revolución industrial. En 1818 Mary Shelley escribe Frankenstein (cuyo subtítulo, no lo olvidemos, es El moderno Prometeo), considerada por muchos como la primera historia de ciencia ficción. En ella, el doctor Víctor Frankenstein crea un ser humano a partir de partes de cadáveres, se horroriza ante la monstruosidad de su creación y finalmente es acosado y perseguido por ella hasta el fin de sus días.

De nuevo, el mismo esquema: alguien que vive feliz siguiendo las tradiciones utiliza la ciencia con un propósito en principio noble y, por culpa de su falta de miras, el resultado se vuelve contra él y es condenado para siempre a sufrir las consecuencias, siendo imposible volver atrás.

Un siglo después, en 1920 Karel Čapek escribe RUR, considerada por muchos la primera historia sobre robots. Aunque durante la edad media y la edad moderna habían existido los autómatas (y algunos de ellos muy complejos), es esta obra la que les dota, por primera vez, de capacidad intelectual. En ella, los robots fabricados por la compañía de Robots Universales Rossum (RUR) se rebelan contra sus amos y acaban destruyéndolos.

Čapek se hace eco en su obra de los movimientos antitecnológicos de la Revolución Industrial en los que los trabajadores protestaron contra la existencia de máquinas aduciendo que les quitaban el trabajo.

Permítaseme aquí un pequeño inciso. La tecnofobia está lejos de haber sido superada. He escuchado a menudo a gente de mi generación quejarse de que las cajas de autopago en las tiendas eliminan puestos de trabajo, de que los programas de traducción amenazan la profesión de los traductores e intérpretes… Y en parte tienen razón. Las máquinas nos facilitan el trabajo, eso es innegable, pero la carga que alivian no se reparte igual entre los diferentes estratos de la sociedad y ahí está el meollo. La sociedad en su conjunto se ha vuelto más productiva, pero las relaciones de poder se han vuelto más injustas. Esto es probablemente lo que pasó en la Revolución Neolítica y en la Industrial.

El miedo de los obreros a quedarse sin trabajo se convierte en RUR en miedo de la humanidad a desaparecer. En RUR las máquinas han dejado de obedecernos, se han vuelto díscolas y han emprendido su propio camino. Es lo mismo que hace Prometeo con el fuego de los dioses, o lo que hacen Adán y Eva con el Árbol de la Ciencia. En ambos casos las creaciones se rebelan contra sus padres. Frankenstein y RUR innovan porque los humanos ya no somos los creados, sino los creadores. Y, paradójicamente, en vez de castigar al monstruo o a los robots, son ellos quienes nos vencen. En todos los casos el delito es jugar con la ciencia y el veredicto es la condena. Da igual si viene de nuestros creadores (Dios, Zeus) o de nuestras creaciones (Frankenstein, robots).

En esta misma década, en 1927, Fritz Lang dirige la película Metrópolis, ambientada en una distopía futurista donde las diferencias sociales son enormes. Los ricos viven en altas torres y los pobres están condenados a trabajar como esclavos en el subsuelo. La trama trata del alzamiento de estos y de la creación de un robot con forma de mujer, María, que se infiltra entre los ricos y los lleva a la perdición. Aquí es interesante ver el papel de la mujer: Tanto Eva como Pandora como María son símbolos del precio que se paga por el conocimiento.

Durante el siglo XX la ciencia avanzará vertiginosamente y cada nuevo avance científico traerá consigo un nuevo miedo y una nueva ficción fantacientífica. La energía atómica nos deja Chernóvil e Iroshima en el plano de la realidad y Godzila y un sinfín de insectos gigantes en el plano de la ficción. Godzila precisamente es una metáfora algo tosca: Un poder destructivo que viene del Océano Pacífico, despertado de pronto, aunque siempre estuvo ahí, como la energía del núcleo atómico.

La conquista del espacio nos trajo algunos disgustos, como el Challenger, pero también innumerables obras de ficción, como 2001: Odisea en el Espacio que, curiosamente, relaciona el surgimiento de la inteligencia con el surgimiento de la violencia. De nuevo, es el precio que pagamos por saber. Y no podemos olvidarnos de Hal 9000, el ordenador de abordo que se vuelve contra sus creadores.

La televisión y los medios audiovisuales nos trajeron Poltergeist y La naranja mecánica; la realidad virtual, Matrix y Desafío Total; la inteligencia artificial, Terminator y Her; la genética, Gattaca y Parque Jurásico; la relatividad del tiempo, Minority Report y Doce Monos; el cambio de nuestro entorno Waterworld e Hijos de los Hombres; las redes sociales y las nuevas formas de comunicación, Black MirrorCualquiera de los mundos presentados en estas obras es como poco inquietante y en muchos casos aterrador.

Sabemos que nos acercamos a un punto de inflexión, una singularidad, una nueva revolución, probablemente liderada por las inteligencias artificiales que nosotros mismos estamos creando.

Ray Kurzweil predijo esta singularidad de la siguiente manera: las computadoras se irán volviendo cada vez más inteligentes a medida que las vayamos perfeccionando hasta que llegue un día en que una computadora sea tan inteligente que pueda ella misma diseñar a su sucesora sin necesidad de ayuda humana. Una vez que esto ocurra, la nueva computadora, aún más inteligente que la anterior, podrá diseñar a la siguiente generación y esta a la siguiente, y esta a la siguiente. El propio Kurzweil estima que el advenimiento de la singularidad tendrá lugar en torno a 2045. Autores menos optimistas retrasan esta fecha 5 o 10 años.

ROBOTS BUENOS Y ROBOTS MALOS

Después de los primeros pasos en la ficción con robots (Frankenstein y RUR), la palabra y el concepto de robot vino para quedarse. La primera mitad del siglo XX nos dejó montones de obras con robots en los que, normalmente, ellos eran los malos. Y funcionaba, claro que funcionaba: a lo largo de la historia, siempre que un ser sintiente crea a otro, le sale el tiro por la culata. Así le pasó a Dios con Adán, al Ravino con el Gólem y, si queremos, a Cronos con su hijo.

¿Por qué nos gustan las historias de robots malos? ¿Tenemos miedo de la ciencia? ¿O tenemos miedo de nuestras creaciones? O, lo más aterrador: ¿Tenemos miedo de nuestra prole?

A nivel de especie, los robots serían algo así como nuestros hijos, y una vez creados, no salen como esperábamos, se rebelan contra nosotros y cumplen la profecía edípica de matar al progenitor. Los robots nos dan miedo porque no han salido como nosotros esperábamos. Y éste es uno de los terrores más arraigados en la era de la neurosis postindustrial.

Aquí es donde entra la figura de Isaac Asimov, que escribió páginas y páginas sobre historias de robots en novelas y relatos cortos. Asimov publicó su primera historia de robots en 1939 (Robbie, un título que hasta al propio autor le daba grima). Asimov dio un giro al tema y se paró a pensarlo un poquito (cosa que no habían hecho los anteriores creadores de películas de serie b con robots asesinos por doquier). Se dijo: si la humanidad va a crear robots, ¿cómo debería hacerlo para que estos no se rebelaran contra ella? Y fue entonces cuando le fueron inspiradas las famosas 3 leyes de la robótica y de paso la propia palabra robótica. Estas eran:

1. Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley

En alguna ocasión, Asimov dijo que al fin y al cabo estas leyes son las leyes ideales que le aplicaríamos a cualquier herramienta hecha por los humanos. Diseñamos nuestros instrumentos de forma que no nos hagan daño, nos obedezcan y se estropeen lo mínimo.

En las novelas de robots de Asimov, estos cumplen las leyes de la robótica y nunca hacen daño a los humanos. En estas historias los robots son siempre buenos. Esto puede parecer una tontería, pero es la innovación que aporta a la ficción con robots. Asimov es un humanista y cree en la inteligencia y la bondad últimas de la humanidad y, por ende, de sus creaciones. En sus novelas (pequeño spoiler) hay muchos hombres malos, pero nunca un robot malo.

En los últimos años han aparecido muchas películas buenas de robots como Eva (2011), Autómata (2014), Big Hero 6 (2014), Ex Machina (2015), Uncanny (2015), Chappie (2015) y alguna más que me dejaré. Todas ellas son asimovianas en el sentido de que mantienen la tradición del robot bueno. Y permítaseme remarcar que son mucho más asimovianas que la infame Yo, Robot (2004) que tiene al pobre Isaac revolviéndose en su tumba desde su estreno. Estos robots de última generación son buenos, pero todos tienen algo en común: todos son víctimas. Los seres humanos no destacamos por nuestra bondad hacia otros seres, ya sean animales, vegetales o positrónicos (los cerebros robóticos en las novelas de Asimov no eran electrónicos, sino positrónicos), y de igual manera que les hicimos la vida imposible a los neanderthales, a los gorilas y a los humanos que nos encontrábamos por ahí y eran distintos a nosotros (en religión, raza, sexo, sexualidad…), muchos autores consideran determinísticamente inevitable que acabemos puteando también a los robots.

La película original de Westworld, de 1973 no innova demasiado. Muchos ven en esta obra de Michael Chrichton un calentamiento para Jurassic Park (ambos son parques de atracciones en los que a las atracciones les da por matar humanos) pero la premisa estaba llena de posibilidades inexploradas que se fueron abriendo paso en su secuela Futureworld (1976), en la serie Beyond Westworld (1980) y ahora en Westworld (2016) de la HBO.

Los robots de Westworld (2016) no terminan de encajar en ninguna de las categorías anteriores. De hecho, parte del encanto de la serie es ir descubriendo qué clase de robots tenemos ante nuestros ojos: porque estamos acostumbrados a que nos den las cosas masticaditas y esto supone un reto.

Si tenemos que quedarnos con dos ideas, rescatemos estas: los anfitriones (es el término políticamente correcto para llamar a los robots) son conscientes (de hecho, el espectador empatiza con sus sueños y sus emociones como si de un personaje humano se tratara) y son víctimas (existe un aparato de explotación del que no pueden escapar). Así que, vista la situación, ¿quién nos genera más empatía? ¿El opresor que es humano o el robot que es oprimido?

MI MARIDO NO ES MI MARIDO

En 1956 se estrenaba en EEUU La invasión de los ladrones de cuerpos. En esta cinta de ciencia ficción de presupuesto ajustadito se cuenta la historia de unos extraterrestres que se meten en tu cerebro y controlan tu cuerpo de tal manera que nadie puede ver que realmente tú no eres tú. ¿Nadie? Bueno, sí, las personas más cercanas se dan cuenta del cambio y acuden al médico al grito de «mi marido no es mi marido». En un principio, el facultativo se pone expedir diagnósticos del Síndrome Capgras que se define así: «la idea delirante de que otras personas, normalmente muy cercanas al paciente, han sido reemplazadas por dobles exactos, que son impostores».

La película aterró a las audiencias de la América paranoica con la Guerra Fría, donde tu marido podía ser un comunista sin que tú lo supieras. El vecino que siempre saluda, el vivaracho panadero, la solícita ama de llaves, la mejor amiga de tu hija… En aquel momento todo el mundo podía ser el enemigo.

Tristemente este miedo se sigue alentando en nuestra sociedad y en series como Homeland (2011) vemos cómo mi marido puede convertirse en un terrorista yihadista.

Aunque menos arraigados, estos argumentos no son nuevos. Encontramos cylons (robots insurrectos) infiltrados entre los humanos de Battlestar Galactica (2004) y cerca del 30% de los episodios de la serie original de Star Trek (1966) tratan de un espíritu, clon, extraterrestre, robot, presencia, droga o hipnosis que suplanta a Kirk o a Spock y el resto de la nave tiene que plantarle cara.

Tal vez su origen esté en las novelas de crimen y misterio: Conan Doyle, Agatha Christie y compañía. Por muy encumbrados que les tengamos hoy en día, en su momento se les consideró literatura menor por tratar de temas morbosos y poco o nada relevantes, ya que lo bonito era escribir sobre grandes sentimientos o grandes gestas, no de los pormenores de un homicidio. Y sin embargo se daba a menudo la situación de que el culpable se encontraba camuflado entre los personajes inocentes, sin dejar entrever su verdadera naturaleza.

Además de asesinos, entre nosotros puede haber inmortales, agentes Smith, vampiros, brujas y robots. En Wetsworld es importante aprender a distinguir entre hombres y robots. Es más, aunque en la primera Westworld (1973) la trama era más simple que el mecanismo un botijo, los protagonistas dan con un método para distinguir a los hombres orgánicos de los electrónicos: las manos. Al parecer la tecnología no supo reproducir con fidelidad la mano humana. En la versión moderna eso no aparece: no hay pistas, no hay ayudas. El espectador, como cualquier otro huésped, debe aprender a distinguirlos por sus propios métodos.

El público ya no está viendo Blade Runner (1982), donde Harrison Ford se dedicaba a hacer largos y complejos tests de empatía a la gente para saber si son robots o no. Ahora el público es Harrison Ford y tiene que diagnosticar la humanidad o la robocidad de los personajes por su cuenta.

Como ya he dicho, la primera Westworld pecaba de simple, pero su secuela, Futureworld (1976) incluía (PEQUEÑO ESPÓILER) un giro muy interesante: No solo los personajes del parque temático eran robots, sino que algunos de los trabajadores que los controlaban también lo eran, desencadenando por primera vez en nuestra saga el miedo de Mi marido no es mi marido.

LA HABITACIÓN CHINA

«¿Por qué le pones ropa?», dice en una escena de Westworld el personaje de Anthony Hopkins a un técnico trabajando. «¿Para que no pase vergüenza? No pasan vergüenza. No tienen sentimientos. No son humanos», dice refiriéndose a los robots.

Y es que para pasarlo bien en el parque Westworld tienes que creer en esa premisa de que los robots carecen de sentimientos pero, según avanza la trama, uno empieza a dudar que sea verdad. Nuestra empatía natural nos hace verlos como seres humanos. Lo hacemos con muñecos de peluche y representaciones artísticas claramente inertes, ¿cómo no lo vamos a hacer con robots que se mueven y nos hablan?

La esencia de la consciencia es otro de los temas que nos acompañan en la serie. De hecho, es un tema que da para mucha reflexión. ¿Cómo y cuándo pasa la materia inerte a ser una entidad con consciencia? Por mucho que la busquemos, la frontera no está clara y la ciencia aún no tiene respuestas ni remotamente satisfactorias.

Existe el famoso test de Turing, la prueba para dictaminar si una máquina es inteligente o no y que funciona de la siguiente manera: un ser humano se pone a hablar con una máquina y si no se da cuenta de que lo es (o no la puede distinguir de entre otros humanos), entonces la máquina pasa el test. Ahora mismo diría que Cleverbot pasaría la prueba sin problemas. Podéis intentarlo en Omegle o alguna plataforma similar.

Pero que Cleverbot pase el test de Turing, ¿significa que Cleverbot es inteligente? ¿Es acaso consciente? Para refutar esta idea, el filósofo John Searle planteó el siguiente experimento metal conocido como La habitación china. Un hombre chino conversa en mandarín con un ordenador (o lo que él cree que es un ordenador) y decide que no puede saber con certeza si al otro lado hay un ser humano o una CPU, por lo tanto, habría pasado el Test de Turing. Sin embargo, lo que se halla al otro lado es un británico que no sabe chino y que simplemente tiene libros llenos de explicaciones (si te dicen X, tú respondes Y), es decir, una especie de programa informático formado por una persona y un montón de libros. De tal manera que ni los libros ni el británico saben mandarín, pero todo el conjunto podría parecer que sí.

Estos robots de Westworld, ¿qué son? ¿Seres sintientes como las personas? ¿Seres simulados como la habitación china? La pregunta es aterradora porque, llevada a sus últimas consecuencias, te hace preguntarte cuánto hay de sentiencia en todas aquellas personas que no son tú: ¿son seres humanos o solo zombis filosóficos?

En Westworld parecen haber llegado a la consciencia partiendo de la hipótesis psicológica de la mente bicameral que no está aceptada por la comunidad científica, pero que plantea una idea interesante: la mente humana está dividida en dos partes, una que habla y otra que obedece. En nuestra ficción se usa como base para la arquitectura de los cerebros electrónicos, pero en la vida real parece bastante evidente que la mente humana es esencialmente dual. El youtuber divulgador CGP Grey, en su vídeo You Are Two, explica cómo uno de los hemisferios es verbal, mientras que el otro no, y que tu mitad verbal está dispuesta a mentir flagrantemente solo para justificar las acciones llevadas a cabo por su contraparte muda. Tu mitad verbal creará una historia coherente que tú te tragarás.

VIOLENCIA, REALIDAD Y PARQUES TEMÁTICOS

En un mundo en el que puedes hacer lo que quieras sin esperar consecuencias, los turistas dan rienda suelta a sus instintos más básicos. Teóricamente en Westworld pueden ser tan buenos como quieran y dedicarse a hacer el bien, buscar tesoros o dar paseos a caballo, pero cualquiera que lleve ahí dentro más de un día empieza a pensar en experimentar la violencia, que es lo que la sociedad no le permite experimentar en el mundo real.

Es interesante que nuestro cerebro esté diseñado expresamente para huir del tedio a toda costa. En este experimento, el youtuber Vsauce nos muestra cómo un chico normal decide que prefiere una dolorosa descarga eléctrica tras solo 2 minutos de aburrimiento en una habitación sin nada que hacer. Nuestras mentes se desviven por algo de acción. Quizás en Westworld no hay que preguntarse si la violencia va a aparecer sino cuándo.

Al revés que la postura humanista de Asimov, Westworld tiende al extremo opuesto: cualquier ser humano es intrínsecamente malo y la experiencia en el parque solo va a sacar al verdadero yo que la mente racional mantiene cautivo.

«En la mesa y en el juego se conoce al caballero», dice mi madre, refiriéndose a cuánto revela de una persona la forma en que come y la forma en que juega. Los más simpáticos pueden volverse competidores feroces, malos perdedores y enrabietarse como niños, mientas que otros pueden mostrar su lado más cortés, más conciliador, o simplemente una filosofía vital mucho más sana.

Como espectadores aceptamos ese mantra de que aquello que eres en Westworld es tu yo real. Aunque, claro está, desligados de la sociedad y las consecuencias normales de nuestros actos, ¿seguimos siendo nosotros mismos? ¿Puede uno desprenderse de sus circunstancias para encontrar su verdadero ser? ¿Por qué nos da por pensar que la auténtica naturaleza de uno aflora en el ambiente menos real posible?

Los parques temáticos de hoy en día, los que ya existen, son un paradigma de la hiperrealidad, un concepto filosófico que alude a la incapacidad del individuo en la postmodernidad (estos tiempos que corren) de distinguir lo real de lo irreal. A este concepto ya me aproximé sin saberlo en La inquietante noche americana. Es decir, que más de una vez cuando uno piensa en París o en piratas acaba pensando en la ficción acerca de París o en la ficción acerca de piratas. Nuestra aproximación al conocimiento cultural viene mediatizada cada vez más por la ficción, y especialmente la ficción visual.

La suplantación innecesaria de un elemento real por otro ficcional es más común de lo que parece. En este post (un tanto añejo, sí), el autor nos habla de cómo el programa de televisión Aquí Hay tomate, para hablar de Sissi Emperatriz, en lugar de usar imágenes reales de Sissi (que dejó alguna foto y muy pocas grabaciones) usó imágenes de Romy Schneider, la actriz que encarnó a Sissi en la película Sissi de 1955. El mismo post presenta el ejemplo de la biografía del escritor y periodista Truman Capote (que sí dejó bastante material audiovisual, incluso salió en una película), editada con la foto del actor Philip Seymour Hoffman, actor que interpretó a Truman Capote en la película Capote de 2005.

El filósofo Baudrillard dice lo siguiente sobre la hiperrealidad y la quitaesencia de los parques temáticos:

«Disneylandia es presentada como imaginaria con la finalidad de hacer creer que el resto es real, mientras que cuanto la rodea, Los Ángeles, América entera, no es ya real, sino perteneciente al orden de lo hiperreal y de la simulación. No se trata de una interpretación falsa de la realidad (la ideología), sino de ocultar que la realidad ya no es la realidad y, por tanto, de salvar el principio de realidad.»

También Baudrillard:

«El mundo en el que vivimos ha sido reemplazado por un mundo copiado, donde buscamos nada más que estímulos simulados.»

Westworld nos encandila porque nos retrata a la perfección como sociedad y, paradójicamente, este retrato es un símbolo hipermediatizado, no una experiencia real. Westworld es un parque y una serie sobre un parque, es irreal en dos niveles distintos. Westworld es un juego para sus personajes y un juego para sus espectadores. Así que, como metáfora, también es doble. Esta recursividad nos recuerda a nuestra propia experiencia vital, vivida como la copia de una copia de una copia.

En este otro vídeo, Vsauce explica con mucha claridad por qué jugamos: al parecer los juegos con reglas establecidas, como los juegos de mesa o los videojuegos, son una golosina para nuestro cerebro que, harto de la impredictibilidad del mundo real, se vuelca en un sistema cerrado con normas finitas que puede conocer y controlar. En la vida puedes esforzarte mucho en algo y no obtener recompensa, pero eso nunca ocurre en el juego.

El juego es un sucedáneo de la experiencia vital, destilado y reducido para ser disfrutado en su forma más pura. Nuestros cerebros están diseñados para predecir y calcular las probabilidades de éxito constantemente y por eso aman los juegos. Y eso es lo que ofrece el parque de Westworld.

En Westworld todas las tramas llevan a alguna parte, todos los personajes tienen una función. El castigo tiene una recompensa, la buena suerte viene salpimentada con contratiempos, porque todo está medido para que sea equilibrado. La naturaleza del mundo real no es narrativa, somos nosotros los que creamos el relato cuando los hechos ya han pasado y le otorgamos un significado. Llegamos incluso a autoengañarnos para explicar tal o cual acción que no encaja con la historia que nos contamos a nosotros mismos sobre nuestra vida. Reflexionar acerca de la no-narratividad de la existencia es agobiante y el parque Westworld es el bálsamo que nos alivia.

Un parque temático donde todo tiene sentido y nada es accidental es un gran placer para el cerebro. El orden y la causalidad lo impregnan todo y eso nos gusta. Y este es el motivo por el que poco importa si los robots son buenos o malos: no nos importa su moral, nos asustan porque están rompiendo ese tejido de racionalidad. Lo que tememos de ellos es su independencia, su albedrío, su identidad.

Y este es el castigo por jugar con la ciencia: un real, inhumano y espeluznante desorden.

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Series de cabecera. Parte 2: Dramas. (feat. @SnowFey)

Si en la entrega anterior veíamos cómo las comedias tendían a reducir la duración de sus cabeceras, en los dramas podemos decir que se mantiene una duración larga, ¿por qué? Tal vez porque definir el tono es mucho más importante y a los productores no les importa invertir más de un minuto en delicadas piezas audiovisuales que da la entrada a la narración.

Y como no podía ser de otra manera, empezamos con la cabecera de “Juego de Tronos“. La primera vez que la vi no me emocionó demasiado, pero según la vas entendiendo, vas apreciando su grandeza. De las tres características básicas que debía cumplir una cabecera (recordemos: explicar la historia, presentar personajes y definir el tono) los openings de dramas suelen dar prioridad a la función del tono. Lo importante no es que el espectador vea de qué va el producto, lo importante es que el espectador quiera ese producto, así que lo que venden las cabeceras son principios estéticos, casi podríamos decir principios culturales, que el público objetivo ya ha asimilado previamente.

En la cabecera de “Juego de Tronos”, además, podemos hablar de una función poco usual: presentar la geografía. Los libros de George R. R. Martin traen mapas en las primeras páginas para que el lector no se pierda, así que al convertir su narración en una serie, había que darle al espectador un par de lecciones de geografía ponientina. En cada capítulo vemos cómo la cámara se desplaza sobre una maqueta del mundo mostrándonos la ubicación de los lugares donde se va a desarrollar la acción, lo cual significa que, dependiendo de los escenarios, la cabecera irá cambiando a lo largo de la serie.

Pero esta gran cabecera también nos explica la historia, sí, sí, de manera muy sutil en los anillos que giran en torno al sol. De los personajes no dice mucho: se limita a poner el blasón de cada casa al lado del nombre del actor que interpreta al personaje. Pero en cuanto a definir el tono, muy pocas referencias culturales tiene que tener alguien para que, al verla, no se imagine de qué va.

Pero la cabecera cambiante la podemos ver en otras series. Y no hablo de diseñar una cabecera nueva para una nueva temporada, hablo de cabeceras adaptadas a capítulos. Dejando de lado los casos de los Simpson, Futurama o Pepper Ann (de las que hablaremos en una posible entrega sobre cabeceras animadas), cabe destacar estos casos:

Ésta es la cabecera de la última temporada de “Expediente X” (la original original no me deja incrustarla), pero vemos cómo presenta el tono (muy bien) y a los personajes (divinamente también), aunque de la historia no dice mucho. Lo importante es que esta cabecera, tanto en su versión original como en las revisiones de las últimas temporadas, siempre acaba con la frase “The truth is out there” (la verdad está ahí fuera). ¿Siempe? ¡No! En algunos capítulos se permiten cambiarla por otros mantras de la serie como “Trust no one” (No confíes en nadie) o “Deny everything” (Niégalo todo).

Hablando de cabeceras cambiantes, a @SnowFey le vinieron a la mente dos: Fringe y Battlestar Galactica. Y yo, que no he visto ninguna, le pedí que participara en el post. Y así lo hizo:

Fringe“, en lo que va de serie, tiene un total de siete cabeceras diferentes. La serie se desarrolla en diferentes “escenarios”, con personajes “diferentes”. Siento ser tan críptica, pero no puedo puedo explicarlo mejor sin arruinarle la serie a quien aún no la haya visto. Cada uno de esos “escenarios” tiene su cabecera:

La cabecera azul: La original, la que vimos durante dos temporadas y pertenece al “escenario” que creíamos que sería el único.

La cabecera roja: Aparece por primera vez en el capítulo 3×01 “Olivia”, en el que se nos revela el otro “escenario” que formará parte de la serie a partir de ahora. Al verla pasamos del desconcierto a maravillarnos por lo chachis que son en Fringe. Yo al menos me quedé catacrocker.

La cabecera retro: Es la del capítulo 2×16 “Peter”. Éste capítulo transcurre en el pasado, cuando a Walter no le gustaba tanto el regaliz, tenía pelazo, y Peter aún era un niño. De ahí el rollo ochentero de la cabecera. Si tuviera que elegir una, esta sería mi intro favorita.

La cabecera mixta: En el capítulo 3×08 “Entrada”, se van alternando escenas de ambos “escenarios”. A partir de aquí, ésta será la cabecera que aparecerá cada vez que esto pase.

La cabecera ámbar: Es la cabecera de la cuarta temporada, que transcurre en un “escenario” totalmente nuevo.

La cabecera negra: Se trata de la intro del capítulo 3×22, que transcurre en el futuro.

La cabecera azul marino: De nuevo otro capítulo que se desarrolla en el futuro, el 4×19.

La cabecera de “Battlestar Galactica” estaría incluida en el grupo de las narrativas. La de la primera temporada sirve como resumen de lo que aconteció en el telefilm que precede a la serie. En las sucesivas temporadas, la intro va cambiando a medida que va avanzando la trama y se va descubriendo nueva información sobre los Cylon. Por ello no es recomendable verlas si aún no has visto la serie, ya que pueden contener spoilers.

Éste otro es el video con las cabeceras de todas las temporadas: . Tiene spoilerazos, obviamente.

Además, en cada capítulo la cabecera termina con una ráfaga de imágenes que aparecerán a lo largo del episodio, por lo que el opening de cada capítulo es único, por decirlo de alguna manera.

Gracias, Snow, qué bonica eres.

La cabecera que más se centra en la función de explicar la historia, sin duda alguna es la de “Star Trek“. Ay, que tiennos los 60. Te lo cuentan todo todo, para que no te extrañes luego viendo a gente rara vestida con faldas muy cortas en una nave muy espacial. Y hasta te lee el título en alto “EESTAR TREK”, por si no sabes leer.

El theremin muy bonito, pero un poco lenta, ¿no? Pues es que no han visto la de Lassie. Pura acción.

Es un plano secuencia, para el que no lo haya notado.

Como vemos, las duraciones se mueven en torno al minuto. Suele ocurrir que si tienes una cabecera bonita, te dejen llenar más tiempo, casi hasta dos, cosa impensable en las cabeceras de sitcoms. Tal vez, simplemente, por la proporción tiempo-de-cabecera/tiempo-de-capítulo. Una cabecera de 2 minutos en un capítulo de 20 es un 10% del tiempo y eso no puede ser, María Teresa.

Hay algunas que son para perderse en ellas, casi videoclips, como la de “True Blood” (1:55 segundos), la de “Dexter” (1:45) o las de “Six Feet Under“, “Los Soprano” o “Boardwalk Empire” (las tres 1:35). En una escala similar de tiempo están “Carnivale” (1:25) o la maravillosa de “United States of Tara” (1:05). Bajando del minuto hay muchas bonitas como las de “Sherlock” (35) “House” (30) o “Skins” (30). Pero también hay series dramáticas con cabeceras brevísimas, es el caso de “Héroes” (11 segundines de nada) y la elegantísima de “El Mentalista” (9, gana por los pelos).

¿Conclusiones?

Las cabeceras son hoy en día más una declaración de principios que una presentación de la serie.

Las cabeceras dramáticas son en general más largas que las cómicas, pues necesitan meter al espectador en harina.

No está todo inventado. Esto puede dar para muucho más.

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ACERCA y la gente que se mueve en Valladolid

Por fin, por fin. Después de muchos meses trabajando poquito a poquito, ayer se estrenó el corto documental que hice para ACERCA. ACERCA es un colectivo que integra a muchas personas y asociaciones que tienen un objetivo común: hacer de Valladolid una ciudad más humana. Su principal proyecto es la rehabilitación de un colegio que lleva abandonado más de una década para convertirlo en centro social autogestionado con un coste de mantenimiento CERO para el ayuntamiento. Bueno, la historia es ésta:

Si has saltado aquí directamente sin ver el vídeo, te cuento el final: el Ayuntamiento de Valladolid no sólo no colabora con estas personas, sino que apenas se comunica con ellos y les pide cosas tan ridículas como una fianza de UN MILLÓN DE EUROS. Es decir, este colectivo se ofrece a rehabilitar el colegio y a convertirlo en un centro social y cultural a cambio de tan solo que el ayuntamiento les pague los materiales de la rehabilitación. No conozco la cifra, pero no creo que pase de los 30 000 euros, y sin embargo sí tiene 180 000 para gastárselo en espectáculos para las fiestas.

La situación carece tanto de lógica que nadie se explica por qué el gobierno municipal actúa así.

Hay una explicación que he intentado negar desde el principio, porque yo soy de los que piensan que el 99% de la gente que se mete a política tiene verdadera vocación por solucionar los problemas de su tierra. Sin embargo, esta actitud parece que busca que los ciudadanos no actúen, no organicen, no piensen.

La dedicación de los miembros del colectivo ACERCA y su entusiasmo después de todas las veces que se han estampado de bruces contra una administración inhumana es un ejemplo para todos, especialmente para todos los que piensan que Valladolid no está viva.

Las fotos las he tomado de la página de ACERCA en Facebook.

Series de cabecera. Parte 1: Sitcoms

En un principio las cabeceras de las series servían para que el espectador las identificara rápidamente, generaban cohesión, continuidad y fidelidad. Sin embargo, el mundo va cada vez más rápido y la audiencia somos cada vez más impacientes. Las cabeceras ya no son lo que eran, y poco a poco han ido asumiendo más funciones.

No he podido poner la original, porque los dueños del copyrright no quieren que esos vídeos se inserten, pero todos conocéis la cabecera de “El príncipe de Bel Air” y muchos hasta os sabréis la canción.

Es una de mis cabeceras favoritas. Cumple las tres funciones básica a la perfección: presentar la historia, presentar los personajes y definir el estilo. Qué bien los noventa, ¿a que sí? Casi huelo la cinta VHS saliendo del magnetoscopio.

Pero empecemos por el principio, cuando se empiezan a popularizar las series de televisión. “La tribu de los Brady” de los años 70 tenía una cabecera clásica clásica: en ella no sólo se presentaba a los actores y a los personajes, sino que te contaban la historia anterior con una canción (bárbara) y te repetían the Brady bunch ♪, the Brady bunch ♪, the Brady bunch ♪, por si no te habías quedado con el nombre del programa.

Menuda textura vintage, eh.

Para un espectador de 2012 esta cabecera no tiene ni ritmo ni sentido. Es un minuto largo de caras mirando sin hacer nada más que sonreír. Espeluznante. Y aunque este tipo de comedias familiares ha mantenido el estilo, en los 80 se va reduciendo la duración de las cabeceras. La de “Los problemas crecen” es en el fondo la misma idea que “La tribu de los Brady”, pero en la mitad de tiempo y sin una canción que haga alusión directamente a los personajes, que oye, el público ya ha madurado.

Jijijí, vaya faena que le hacen al padre al final, dejándolo ahí…

Esta cabecera sólo dura 33 segundos porque la gente no está para perder su tiempo mirando caras que ya conoce, y 33 segundos es bastante poco. De hecho, es la duración normal de las cabeceras de este tipo de series durante los 80 y los 90. Eso sí, el ritmo todavía se puede mejorar, como se hace en la cabecera de “Friends”, donde los planos son cortos y directos y hay un poco más de desorden, porque el público está más educado audiovisualmente y pueden entenderlo sin que se lo den mascado cantado en una canción.

Oh, el bueno de Ross…

Pero antes de estrenarla con todos los predicamentos, había una versión más ochentera, con música de REM, imágenes de Nueva York, tipografía hortera y el título “Friends Like Us”. Vaya, parece que los productores de vez en cuando cambian las cosas para bien.

En los últimos años, la audiencia se ha vuelto más sabia y más impaciente, lo que implica por un lado que ya no es tan prioritario presentar a los personajes y por otro, que hay que seguir reduciendo el tiempo y acelerando el ritmo. El paradigma de este cambio es “The Big Bang Theory” con sus 20 segundos de acción trepidante.

Ay, Sheldon y sus manías…

A pesar del subidón que pega esta cabecera, resulta que es de las más largas que hay últimamente. En los 90, la cabecera de “Will & Grace” ya se había reducido a 17 segundos, la de “Frasier” (toda una pionera) no pasaba de 7. En este siglo, “Cómo conocí a vuestra madre” tiene una cabecera de 12 segundos, igual que “Scrubs“. Y por último, mi favorita, que dura sólo 10:

Alex, qué mona eres.

Aunque “Me llamo Earl” se lleva la palma son 3 segunditos, nada más, “Modern Family” tiene mi cabecera favorita para comedias de los últimos años, porque combina la tendencia clásica con la actual. En cuanto a su componente clásica, fijaos bien, te cuenta una gran parte de la historia (qué clase de gente son, con quién y dónde viven…) y te presenta a los personajes (cada postura y cada gesto están cuidados al detalle, porque sólo tiene unos fotogramas para presentar al personaje, y lo hacen con precisión quirúrgica). En cuanto a la componente actual, es rápida, dinámica y prefiere desbordarte de información que dejarte a medias.

Y siguiendo un poco la línea de “Frasier”, también en los noventa, se dio una de las sitcoms más grandes de todos los tiempos  que carecía por completo de cabecera. El título de “Seinfeld” aparece al principio del capítulo, pero nada más.

¿Cuánto más se puede comprimir la información? Seguro que los que diseñaron la cabecera de “La tribu de los Brady” sentían que estaban al límite, que la canción ya era suficientemente concisa y que no se podía contraer más. Así que, en fin, sólo queda esperar. Tal vez el futuro de las cabeceras no sea seguir contrayéndose, sino renovarse por dentro y por fuera cual bífidus actívidus.

¿Y la tuya? ¿Cuál es tu cabecera de sitcom favorita?

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