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Destripando Westworld

Esto no va de Westworld. Esto no va de robots. Esto no va de personas que se encuentran a sí mismas en una vorágine de violencia. Ojalá pudiera dar una idea más conexa y menos deslavazada sobre mis impresiones de esta serie de HBO, pero tengo demasiados frentes abiertos. Este post va de por qué Westworld mola y ya está.

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No es mi intención analizar Westworld como una obra completa, fijándome en cada apartado técnico y creativo. Sobre eso, ya hay mucho dicho. Este post trata los temas presentes en esta obra pero contiene detalles menores de la trama.

DEL ANTIGUO TESTAMENTO A BIG HERO 6

Me alegra mucho ver que la ciencia ficción está vigorosa y de moda entre todo tipo de públicos. No hay que remontarse tan atrás para verla relegada al ostracismo de las revistas pulp, la literatura juvenil y la serie b. Eso sí, cabe la posibilidad, y lo digo con todo el miedo del mundo, de que este género sea el único género relevante.

Tenemos muchos temas recurrentes en la ciencia ficción: el espacio, los extraterrestres, los robots, los viajes en el tiempo… Pero si hay algo que une a todos ellos es el protagonismo de la ciencia y, siendo un poco reduccionistas, podríamos decir que el advenimiento de la ciencia es el Tema, el único, todopoderoso y fantasmagórico Tema.

La Revolución Neolítica fue un cambio traumático y radical. Hace unos 9 000 años, el ser humano abrazó la vida sedentaria y la agricultura y empezó la división del trabajo. Aquello supuso un impulso importantísimo a nuestra cultura y tecnología. Lo puso todo patas arriba y, para hacernos una idea de cuánto, podemos recurrir al símil saganiano del año.

Imaginemos (para poderlo entender) que la historia de la vida en la Tierra ha durado un año. El 1 de enero a las 00:00, aparece la primera célula. El 31 de diciembre a las 24:00, es ahora. Pues bien, después de días y semanas y meses de historia de la vida en la Tierra, el último día del año, a las 23:28 aparece el género homo. Es decir, nuestro género biológico. Aunque aquel primer simio todavía era muy distinto a nosotros. El homo sapiens aparece a las 23:57:30, cuando solo quedan dos minutos y medio para la media noche.

El género homo es algo nuevo para la vida y el ser humano también. La Revolución Neolítica acaece a las 23:59:53, a 7 segundos de la media noche. Y sólo a 15 centésimas de segundo de la media noche, en el último sexto del último segundo de la última hora, llega la Revolución Industrial.

Ambas revoluciones suponen un cambio radical en la concepción del mundo. Y culturalmente parece que nos quedan trazas de recuerdos de cómo era aquella vida perdida en la noche de los tiempos, de todo lo que ganamos y de todo lo que perdimos. Parece que el cambio es irreversible. Y también parece que no es gratis.

Si quieres progreso y seguridad, hay que pagarlo. Esto lo reflejamos en mitos como el de Prometeo, un titán que roba el fuego (la ciencia, la tecnología) de los dioses y Zeus a cambio envía a la Tierra la caja de Pandora, desde la que se liberan todos los males del mundo (la guerra, la enfermedad…). También está en el Génesis bíblico, en el que Dios prohíbe a Adán y Eva comer la fruta del Árbol de la Ciencia. Antes de comerla, ellos vivían felices en el jardín del Edén, comiendo lo que la naturaleza les ofrecía (como cazadores-recolectores), pero tras comerla se ven desnudos por primera vez, y son expulsados del paraíso y condenados a “ganarse el pan con el sudor de su frente”. Es decir, deberán trabajar para comer.

Ambos mitos aluden a una realidad previa, feliz, en contacto con la naturaleza, y ambos presentan un castigo al saber. Ambos mitos reflejan el precio que pagó el hombre al abrazar la ciencia.

Con Prometeo y Adán y Eva vemos una primera narrativa científica, una crítica a la ciencia, una moraleja sobre los peligros de jugar a ser dioses en lugar de animales. El ser humano irremediablemente está moviéndose siempre en esa línea borrosa entre Zeus y un chimpancé. Podríamos llamar a estos relatos ciencia ficción en el sentido de que es ficción científica (que sería la traducción correcta del inglés science fiction), pero el término ciencia ficción nos pide que, además de científica, sea especulativa.

Para encontrar ficción científica y especulativa tenemos que esperar hasta el siglo XIX donde florecen los relatos inspirados por la nueva revolución industrial. En 1818 Mary Shelley escribe Frankenstein (cuyo subtítulo, no lo olvidemos, es El moderno Prometeo), considerada por muchos como la primera historia de ciencia ficción. En ella, el doctor Víctor Frankenstein crea un ser humano a partir de partes de cadáveres, se horroriza ante la monstruosidad de su creación y finalmente es acosado y perseguido por ella hasta el fin de sus días.

De nuevo, el mismo esquema: alguien que vive feliz siguiendo las tradiciones utiliza la ciencia con un propósito en principio noble y, por culpa de su falta de miras, el resultado se vuelve contra él y es condenado para siempre a sufrir las consecuencias, siendo imposible volver atrás.

Un siglo después, en 1920 Karel Čapek escribe RUR, considerada por muchos la primera historia sobre robots. Aunque durante la edad media y la edad moderna habían existido los autómatas (y algunos de ellos muy complejos), es esta obra la que les dota, por primera vez, de capacidad intelectual. En ella, los robots fabricados por la compañía de Robots Universales Rossum (RUR) se rebelan contra sus amos y acaban destruyéndolos.

Čapek se hace eco en su obra de los movimientos antitecnológicos de la Revolución Industrial en los que los trabajadores protestaron contra la existencia de máquinas aduciendo que les quitaban el trabajo.

Permítaseme aquí un pequeño inciso. La tecnofobia está lejos de haber sido superada. He escuchado a menudo a gente de mi generación quejarse de que las cajas de autopago en las tiendas eliminan puestos de trabajo, de que los programas de traducción amenazan la profesión de los traductores e intérpretes… Y en parte tienen razón. Las máquinas nos facilitan el trabajo, eso es innegable, pero la carga que alivian no se reparte igual entre los diferentes estratos de la sociedad y ahí está el meollo. La sociedad en su conjunto se ha vuelto más productiva, pero las relaciones de poder se han vuelto más injustas. Esto es probablemente lo que pasó en la Revolución Neolítica y en la Industrial.

El miedo de los obreros a quedarse sin trabajo se convierte en RUR en miedo de la humanidad a desaparecer. En RUR las máquinas han dejado de obedecernos, se han vuelto díscolas y han emprendido su propio camino. Es lo mismo que hace Prometeo con el fuego de los dioses, o lo que hacen Adán y Eva con el Árbol de la Ciencia. En ambos casos las creaciones se rebelan contra sus padres. Frankenstein y RUR innovan porque los humanos ya no somos los creados, sino los creadores. Y, paradójicamente, en vez de castigar al monstruo o a los robots, son ellos quienes nos vencen. En todos los casos el delito es jugar con la ciencia y el veredicto es la condena. Da igual si viene de nuestros creadores (Dios, Zeus) o de nuestras creaciones (Frankenstein, robots).

En esta misma década, en 1927, Fritz Lang dirige la película Metrópolis, ambientada en una distopía futurista donde las diferencias sociales son enormes. Los ricos viven en altas torres y los pobres están condenados a trabajar como esclavos en el subsuelo. La trama trata del alzamiento de estos y de la creación de un robot con forma de mujer, María, que se infiltra entre los ricos y los lleva a la perdición. Aquí es interesante ver el papel de la mujer: Tanto Eva como Pandora como María son símbolos del precio que se paga por el conocimiento.

Durante el siglo XX la ciencia avanzará vertiginosamente y cada nuevo avance científico traerá consigo un nuevo miedo y una nueva ficción fantacientífica. La energía atómica nos deja Chernóvil e Iroshima en el plano de la realidad y Godzila y un sinfín de insectos gigantes en el plano de la ficción. Godzila precisamente es una metáfora algo tosca: Un poder destructivo que viene del Océano Pacífico, despertado de pronto, aunque siempre estuvo ahí, como la energía del núcleo atómico.

La conquista del espacio nos trajo algunos disgustos, como el Challenger, pero también innumerables obras de ficción, como 2001: Odisea en el Espacio que, curiosamente, relaciona el surgimiento de la inteligencia con el surgimiento de la violencia. De nuevo, es el precio que pagamos por saber. Y no podemos olvidarnos de Hal 9000, el ordenador de abordo que se vuelve contra sus creadores.

La televisión y los medios audiovisuales nos trajeron Poltergeist y La naranja mecánica; la realidad virtual, Matrix y Desafío Total; la inteligencia artificial, Terminator y Her; la genética, Gattaca y Parque Jurásico; la relatividad del tiempo, Minority Report y Doce Monos; el cambio de nuestro entorno Waterworld e Hijos de los Hombres; las redes sociales y las nuevas formas de comunicación, Black MirrorCualquiera de los mundos presentados en estas obras es como poco inquietante y en muchos casos aterrador.

Sabemos que nos acercamos a un punto de inflexión, una singularidad, una nueva revolución, probablemente liderada por las inteligencias artificiales que nosotros mismos estamos creando.

Ray Kurzweil predijo esta singularidad de la siguiente manera: las computadoras se irán volviendo cada vez más inteligentes a medida que las vayamos perfeccionando hasta que llegue un día en que una computadora sea tan inteligente que pueda ella misma diseñar a su sucesora sin necesidad de ayuda humana. Una vez que esto ocurra, la nueva computadora, aún más inteligente que la anterior, podrá diseñar a la siguiente generación y esta a la siguiente, y esta a la siguiente. El propio Kurzweil estima que el advenimiento de la singularidad tendrá lugar en torno a 2045. Autores menos optimistas retrasan esta fecha 5 o 10 años.

ROBOTS BUENOS Y ROBOTS MALOS

Después de los primeros pasos en la ficción con robots (Frankenstein y RUR), la palabra y el concepto de robot vino para quedarse. La primera mitad del siglo XX nos dejó montones de obras con robots en los que, normalmente, ellos eran los malos. Y funcionaba, claro que funcionaba: a lo largo de la historia, siempre que un ser sintiente crea a otro, le sale el tiro por la culata. Así le pasó a Dios con Adán, al Ravino con el Gólem y, si queremos, a Cronos con su hijo.

¿Por qué nos gustan las historias de robots malos? ¿Tenemos miedo de la ciencia? ¿O tenemos miedo de nuestras creaciones? O, lo más aterrador: ¿Tenemos miedo de nuestra prole?

A nivel de especie, los robots serían algo así como nuestros hijos, y una vez creados, no salen como esperábamos, se rebelan contra nosotros y cumplen la profecía edípica de matar al progenitor. Los robots nos dan miedo porque no han salido como nosotros esperábamos. Y éste es uno de los terrores más arraigados en la era de la neurosis postindustrial.

Aquí es donde entra la figura de Isaac Asimov, que escribió páginas y páginas sobre historias de robots en novelas y relatos cortos. Asimov publicó su primera historia de robots en 1939 (Robbie, un título que hasta al propio autor le daba grima). Asimov dio un giro al tema y se paró a pensarlo un poquito (cosa que no habían hecho los anteriores creadores de películas de serie b con robots asesinos por doquier). Se dijo: si la humanidad va a crear robots, ¿cómo debería hacerlo para que estos no se rebelaran contra ella? Y fue entonces cuando le fueron inspiradas las famosas 3 leyes de la robótica y de paso la propia palabra robótica. Estas eran:

1. Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley

En alguna ocasión, Asimov dijo que al fin y al cabo estas leyes son las leyes ideales que le aplicaríamos a cualquier herramienta hecha por los humanos. Diseñamos nuestros instrumentos de forma que no nos hagan daño, nos obedezcan y se estropeen lo mínimo.

En las novelas de robots de Asimov, estos cumplen las leyes de la robótica y nunca hacen daño a los humanos. En estas historias los robots son siempre buenos. Esto puede parecer una tontería, pero es la innovación que aporta a la ficción con robots. Asimov es un humanista y cree en la inteligencia y la bondad últimas de la humanidad y, por ende, de sus creaciones. En sus novelas (pequeño spoiler) hay muchos hombres malos, pero nunca un robot malo.

En los últimos años han aparecido muchas películas buenas de robots como Eva (2011), Autómata (2014), Big Hero 6 (2014), Ex Machina (2015), Uncanny (2015), Chappie (2015) y alguna más que me dejaré. Todas ellas son asimovianas en el sentido de que mantienen la tradición del robot bueno. Y permítaseme remarcar que son mucho más asimovianas que la infame Yo, Robot (2004) que tiene al pobre Isaac revolviéndose en su tumba desde su estreno. Estos robots de última generación son buenos, pero todos tienen algo en común: todos son víctimas. Los seres humanos no destacamos por nuestra bondad hacia otros seres, ya sean animales, vegetales o positrónicos (los cerebros robóticos en las novelas de Asimov no eran electrónicos, sino positrónicos), y de igual manera que les hicimos la vida imposible a los neanderthales, a los gorilas y a los humanos que nos encontrábamos por ahí y eran distintos a nosotros (en religión, raza, sexo, sexualidad…), muchos autores consideran determinísticamente inevitable que acabemos puteando también a los robots.

La película original de Westworld, de 1973 no innova demasiado. Muchos ven en esta obra de Michael Chrichton un calentamiento para Jurassic Park (ambos son parques de atracciones en los que a las atracciones les da por matar humanos) pero la premisa estaba llena de posibilidades inexploradas que se fueron abriendo paso en su secuela Futureworld (1976), en la serie Beyond Westworld (1980) y ahora en Westworld (2016) de la HBO.

Los robots de Westworld (2016) no terminan de encajar en ninguna de las categorías anteriores. De hecho, parte del encanto de la serie es ir descubriendo qué clase de robots tenemos ante nuestros ojos: porque estamos acostumbrados a que nos den las cosas masticaditas y esto supone un reto.

Si tenemos que quedarnos con dos ideas, rescatemos estas: los anfitriones (es el término políticamente correcto para llamar a los robots) son conscientes (de hecho, el espectador empatiza con sus sueños y sus emociones como si de un personaje humano se tratara) y son víctimas (existe un aparato de explotación del que no pueden escapar). Así que, vista la situación, ¿quién nos genera más empatía? ¿El opresor que es humano o el robot que es oprimido?

MI MARIDO NO ES MI MARIDO

En 1956 se estrenaba en EEUU La invasión de los ladrones de cuerpos. En esta cinta de ciencia ficción de presupuesto ajustadito se cuenta la historia de unos extraterrestres que se meten en tu cerebro y controlan tu cuerpo de tal manera que nadie puede ver que realmente tú no eres tú. ¿Nadie? Bueno, sí, las personas más cercanas se dan cuenta del cambio y acuden al médico al grito de «mi marido no es mi marido». En un principio, el facultativo se pone expedir diagnósticos del Síndrome Capgras que se define así: «la idea delirante de que otras personas, normalmente muy cercanas al paciente, han sido reemplazadas por dobles exactos, que son impostores».

La película aterró a las audiencias de la América paranoica con la Guerra Fría, donde tu marido podía ser un comunista sin que tú lo supieras. El vecino que siempre saluda, el vivaracho panadero, la solícita ama de llaves, la mejor amiga de tu hija… En aquel momento todo el mundo podía ser el enemigo.

Tristemente este miedo se sigue alentando en nuestra sociedad y en series como Homeland (2011) vemos cómo mi marido puede convertirse en un terrorista yihadista.

Aunque menos arraigados, estos argumentos no son nuevos. Encontramos cylons (robots insurrectos) infiltrados entre los humanos de Battlestar Galactica (2004) y cerca del 30% de los episodios de la serie original de Star Trek (1966) tratan de un espíritu, clon, extraterrestre, robot, presencia, droga o hipnosis que suplanta a Kirk o a Spock y el resto de la nave tiene que plantarle cara.

Tal vez su origen esté en las novelas de crimen y misterio: Conan Doyle, Agatha Christie y compañía. Por muy encumbrados que les tengamos hoy en día, en su momento se les consideró literatura menor por tratar de temas morbosos y poco o nada relevantes, ya que lo bonito era escribir sobre grandes sentimientos o grandes gestas, no de los pormenores de un homicidio. Y sin embargo se daba a menudo la situación de que el culpable se encontraba camuflado entre los personajes inocentes, sin dejar entrever su verdadera naturaleza.

Además de asesinos, entre nosotros puede haber inmortales, agentes Smith, vampiros, brujas y robots. En Wetsworld es importante aprender a distinguir entre hombres y robots. Es más, aunque en la primera Westworld (1973) la trama era más simple que el mecanismo un botijo, los protagonistas dan con un método para distinguir a los hombres orgánicos de los electrónicos: las manos. Al parecer la tecnología no supo reproducir con fidelidad la mano humana. En la versión moderna eso no aparece: no hay pistas, no hay ayudas. El espectador, como cualquier otro huésped, debe aprender a distinguirlos por sus propios métodos.

El público ya no está viendo Blade Runner (1982), donde Harrison Ford se dedicaba a hacer largos y complejos tests de empatía a la gente para saber si son robots o no. Ahora el público es Harrison Ford y tiene que diagnosticar la humanidad o la robocidad de los personajes por su cuenta.

Como ya he dicho, la primera Westworld pecaba de simple, pero su secuela, Futureworld (1976) incluía (PEQUEÑO ESPÓILER) un giro muy interesante: No solo los personajes del parque temático eran robots, sino que algunos de los trabajadores que los controlaban también lo eran, desencadenando por primera vez en nuestra saga el miedo de Mi marido no es mi marido.

LA HABITACIÓN CHINA

«¿Por qué le pones ropa?», dice en una escena de Westworld el personaje de Anthony Hopkins a un técnico trabajando. «¿Para que no pase vergüenza? No pasan vergüenza. No tienen sentimientos. No son humanos», dice refiriéndose a los robots.

Y es que para pasarlo bien en el parque Westworld tienes que creer en esa premisa de que los robots carecen de sentimientos pero, según avanza la trama, uno empieza a dudar que sea verdad. Nuestra empatía natural nos hace verlos como seres humanos. Lo hacemos con muñecos de peluche y representaciones artísticas claramente inertes, ¿cómo no lo vamos a hacer con robots que se mueven y nos hablan?

La esencia de la consciencia es otro de los temas que nos acompañan en la serie. De hecho, es un tema que da para mucha reflexión. ¿Cómo y cuándo pasa la materia inerte a ser una entidad con consciencia? Por mucho que la busquemos, la frontera no está clara y la ciencia aún no tiene respuestas ni remotamente satisfactorias.

Existe el famoso test de Turing, la prueba para dictaminar si una máquina es inteligente o no y que funciona de la siguiente manera: un ser humano se pone a hablar con una máquina y si no se da cuenta de que lo es (o no la puede distinguir de entre otros humanos), entonces la máquina pasa el test. Ahora mismo diría que Cleverbot pasaría la prueba sin problemas. Podéis intentarlo en Omegle o alguna plataforma similar.

Pero que Cleverbot pase el test de Turing, ¿significa que Cleverbot es inteligente? ¿Es acaso consciente? Para refutar esta idea, el filósofo John Searle planteó el siguiente experimento metal conocido como La habitación china. Un hombre chino conversa en mandarín con un ordenador (o lo que él cree que es un ordenador) y decide que no puede saber con certeza si al otro lado hay un ser humano o una CPU, por lo tanto, habría pasado el Test de Turing. Sin embargo, lo que se halla al otro lado es un británico que no sabe chino y que simplemente tiene libros llenos de explicaciones (si te dicen X, tú respondes Y), es decir, una especie de programa informático formado por una persona y un montón de libros. De tal manera que ni los libros ni el británico saben mandarín, pero todo el conjunto podría parecer que sí.

Estos robots de Westworld, ¿qué son? ¿Seres sintientes como las personas? ¿Seres simulados como la habitación china? La pregunta es aterradora porque, llevada a sus últimas consecuencias, te hace preguntarte cuánto hay de sentiencia en todas aquellas personas que no son tú: ¿son seres humanos o solo zombis filosóficos?

En Westworld parecen haber llegado a la consciencia partiendo de la hipótesis psicológica de la mente bicameral que no está aceptada por la comunidad científica, pero que plantea una idea interesante: la mente humana está dividida en dos partes, una que habla y otra que obedece. En nuestra ficción se usa como base para la arquitectura de los cerebros electrónicos, pero en la vida real parece bastante evidente que la mente humana es esencialmente dual. El youtuber divulgador CGP Grey, en su vídeo You Are Two, explica cómo uno de los hemisferios es verbal, mientras que el otro no, y que tu mitad verbal está dispuesta a mentir flagrantemente solo para justificar las acciones llevadas a cabo por su contraparte muda. Tu mitad verbal creará una historia coherente que tú te tragarás.

VIOLENCIA, REALIDAD Y PARQUES TEMÁTICOS

En un mundo en el que puedes hacer lo que quieras sin esperar consecuencias, los turistas dan rienda suelta a sus instintos más básicos. Teóricamente en Westworld pueden ser tan buenos como quieran y dedicarse a hacer el bien, buscar tesoros o dar paseos a caballo, pero cualquiera que lleve ahí dentro más de un día empieza a pensar en experimentar la violencia, que es lo que la sociedad no le permite experimentar en el mundo real.

Es interesante que nuestro cerebro esté diseñado expresamente para huir del tedio a toda costa. En este experimento, el youtuber Vsauce nos muestra cómo un chico normal decide que prefiere una dolorosa descarga eléctrica tras solo 2 minutos de aburrimiento en una habitación sin nada que hacer. Nuestras mentes se desviven por algo de acción. Quizás en Westworld no hay que preguntarse si la violencia va a aparecer sino cuándo.

Al revés que la postura humanista de Asimov, Westworld tiende al extremo opuesto: cualquier ser humano es intrínsecamente malo y la experiencia en el parque solo va a sacar al verdadero yo que la mente racional mantiene cautivo.

«En la mesa y en el juego se conoce al caballero», dice mi madre, refiriéndose a cuánto revela de una persona la forma en que come y la forma en que juega. Los más simpáticos pueden volverse competidores feroces, malos perdedores y enrabietarse como niños, mientas que otros pueden mostrar su lado más cortés, más conciliador, o simplemente una filosofía vital mucho más sana.

Como espectadores aceptamos ese mantra de que aquello que eres en Westworld es tu yo real. Aunque, claro está, desligados de la sociedad y las consecuencias normales de nuestros actos, ¿seguimos siendo nosotros mismos? ¿Puede uno desprenderse de sus circunstancias para encontrar su verdadero ser? ¿Por qué nos da por pensar que la auténtica naturaleza de uno aflora en el ambiente menos real posible?

Los parques temáticos de hoy en día, los que ya existen, son un paradigma de la hiperrealidad, un concepto filosófico que alude a la incapacidad del individuo en la postmodernidad (estos tiempos que corren) de distinguir lo real de lo irreal. A este concepto ya me aproximé sin saberlo en La inquietante noche americana. Es decir, que más de una vez cuando uno piensa en París o en piratas acaba pensando en la ficción acerca de París o en la ficción acerca de piratas. Nuestra aproximación al conocimiento cultural viene mediatizada cada vez más por la ficción, y especialmente la ficción visual.

La suplantación innecesaria de un elemento real por otro ficcional es más común de lo que parece. En este post (un tanto añejo, sí), el autor nos habla de cómo el programa de televisión Aquí Hay tomate, para hablar de Sissi Emperatriz, en lugar de usar imágenes reales de Sissi (que dejó alguna foto y muy pocas grabaciones) usó imágenes de Romy Schneider, la actriz que encarnó a Sissi en la película Sissi de 1955. El mismo post presenta el ejemplo de la biografía del escritor y periodista Truman Capote (que sí dejó bastante material audiovisual, incluso salió en una película), editada con la foto del actor Philip Seymour Hoffman, actor que interpretó a Truman Capote en la película Capote de 2005.

El filósofo Baudrillard dice lo siguiente sobre la hiperrealidad y la quitaesencia de los parques temáticos:

«Disneylandia es presentada como imaginaria con la finalidad de hacer creer que el resto es real, mientras que cuanto la rodea, Los Ángeles, América entera, no es ya real, sino perteneciente al orden de lo hiperreal y de la simulación. No se trata de una interpretación falsa de la realidad (la ideología), sino de ocultar que la realidad ya no es la realidad y, por tanto, de salvar el principio de realidad.»

También Baudrillard:

«El mundo en el que vivimos ha sido reemplazado por un mundo copiado, donde buscamos nada más que estímulos simulados.»

Westworld nos encandila porque nos retrata a la perfección como sociedad y, paradójicamente, este retrato es un símbolo hipermediatizado, no una experiencia real. Westworld es un parque y una serie sobre un parque, es irreal en dos niveles distintos. Westworld es un juego para sus personajes y un juego para sus espectadores. Así que, como metáfora, también es doble. Esta recursividad nos recuerda a nuestra propia experiencia vital, vivida como la copia de una copia de una copia.

En este otro vídeo, Vsauce explica con mucha claridad por qué jugamos: al parecer los juegos con reglas establecidas, como los juegos de mesa o los videojuegos, son una golosina para nuestro cerebro que, harto de la impredictibilidad del mundo real, se vuelca en un sistema cerrado con normas finitas que puede conocer y controlar. En la vida puedes esforzarte mucho en algo y no obtener recompensa, pero eso nunca ocurre en el juego.

El juego es un sucedáneo de la experiencia vital, destilado y reducido para ser disfrutado en su forma más pura. Nuestros cerebros están diseñados para predecir y calcular las probabilidades de éxito constantemente y por eso aman los juegos. Y eso es lo que ofrece el parque de Westworld.

En Westworld todas las tramas llevan a alguna parte, todos los personajes tienen una función. El castigo tiene una recompensa, la buena suerte viene salpimentada con contratiempos, porque todo está medido para que sea equilibrado. La naturaleza del mundo real no es narrativa, somos nosotros los que creamos el relato cuando los hechos ya han pasado y le otorgamos un significado. Llegamos incluso a autoengañarnos para explicar tal o cual acción que no encaja con la historia que nos contamos a nosotros mismos sobre nuestra vida. Reflexionar acerca de la no-narratividad de la existencia es agobiante y el parque Westworld es el bálsamo que nos alivia.

Un parque temático donde todo tiene sentido y nada es accidental es un gran placer para el cerebro. El orden y la causalidad lo impregnan todo y eso nos gusta. Y este es el motivo por el que poco importa si los robots son buenos o malos: no nos importa su moral, nos asustan porque están rompiendo ese tejido de racionalidad. Lo que tememos de ellos es su independencia, su albedrío, su identidad.

Y este es el castigo por jugar con la ciencia: un real, inhumano y espeluznante desorden.

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Hambre de libros

Mi abuela tiene 84 años. No se le dan muy bien las tecnologías. Ya tuvo problemas con el DVD, el móvil parece que lo descuelga, pero creo que siempre llama marcando los números a mano, pero tiene un eBook. Ésta es su historia.

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Mi abuela en Egipto.

Mi abuela nació en 1930. La Guerra la pilló de niña en Valencia y los recuerdos de esa época siguen vivos casi 80 años después. A mí de pequeño me contaron que mis abuelos habían luchado en bandos opuestos durante la Guerra (uno era de Valencia y otro de Valladolid), y a mí aquello me parecía una anécdota, una curiosidad simpática, hasta que atisbé, a través de mi abuela, lo que la Guerra significó realmente.

Para mi abuela significó pasarlo muy mal. Su padre, mi bisabuelo, tuvo que poner pies en polvorosa y se refugió en México, un país que acogió con los brazos abiertos a los españoles que en aquel entonces, vivieron algo parecido a lo que viven hoy los sirios. Por avatares del destino en los que no me entretendré, mis bisabuelos jamás se reunieron, y mi bisabuela se quedó en Valencia con tres hijos, sin marido, sin trabajo y en el bando perdedor.

En Valencia la posguerra no fue nada fácil. Mi abuela tuvo que empezar a trabajar desde muy pequeña. Con 8 años vendía pan de estraperlo en el mercado y un poco después empezó a trabajar en un taller de costura. Así que con tanto trajín no pudo ir al cole después de la Guerra.

Mi abuela recuerda vivamente su cole antes de la Guerra y especialmente recuerda dos cosas: los libros que allí había y las obras de teatro en las que participó. Desde pequeña se interesó por los libros y la lectura y parece ser que se le daba muy bien memorizar los diálogos. De mayor quería ser actriz. Pero nada de eso llegó a ser posible.

La Guerra y la posguerra truncaron los sueños de muchos. Las personas que lo estaban pasando un poco menos mal, eran a veces generosas con las que sí. Una amiga de mi bisabuela se ofrecía a llevar a mi abuela y a su hermana a su casa en un pueblecito (lejos de la urbe llena de miseria que era Valencia) durante los veranos. Mi bisabuela aceptaba aquello porque significaba que esos meses sus hijas iban a tener la comida asegurada. Así de mal estaban las cosas. Una vez me contó mi abuela que en aquel entonces toda la carne que comían eran pulmones de vaca. Cuando su madre podía permitirse un pequeño capricho, esa era la carne que les llevaba.

Para tranquilizaros, os diré que según fueron pasando los años, la situación amainó, mi abuela conoció a mi abuelo (también perdedor en la Guerra, pero con trabajo) y tuvieron 5 hijos que crecieron sin grandes carencias, que pudieron ir al cole y leer y (dos de ellos, fíjate tú) escribir.

Dada la afición de mi abuela por la lectura, uno de los pocos inventos que ha permitido que entraran en su vida ha sido el eBook, o sea, el eReader, que es como hay que decirlo. Las letras en su pantalla son ridículamente grandes, pero esa es otra de las grandes ventajas de esta tecnología. Y a pesar de que saber pasar las páginas y cambiar de libro (a duras penas), no sabe descargarse libros nuevos, así que cuando alguno de nosotros vamos de visita, nos pide que le bajemos tal o cual libro.

Hace unos días se terminó La montaña mágica de Tomas Mann y me pidió que le recomendara otro libro y se lo bajase. Últimamente yo no he leído mucha novela, más bien ensayo, así que le recomendé Sin ti no hay nosotros de Suki Kim, un relato autobiográfico de las experiencias de una profesora de inglés en una universidad de Corea del Norte. La idea le pareció interesante a mi abuela, pero por desgracia no estaba en español en Amazon.

Así que pasé a la lista de los más vendidos, allí había un libro de Nieves Concostrina titulado Menudas Historias de la Historia, que no es más que un anecdotario de hechos históricos contados con bastante salero, explicando cómo sucedieron y cómo han pervivido algunas interpretaciones erróneas. Le leí la descripción, le pareció bien y se lo bajé.

A la semana siguiente me dijo que no le estaba gustando demasiado. Que sí, que era entretenido el libro, pero que ella buscaba algo más profundo, de más calidad literaria. Entonces me arremangué y le dije, a ver, trae, que te buscamos otro. Pero entonces me dijo que no, que primero iba a terminarse éste. Sabes que no hay por qué acabarse los libros que a uno no le gustan, ¿verdad, abuela? Le dije. No, yo nunca hago eso, contestó. Yo si lo empiezo, lo acabo.

Como quieras, le dije. Y en aquel momento me pareció que semejante obstinación era una cabezonería de persona mayor, que no merecía la pena perder el tiempo con un libro que a uno no le entusiasma… ¡Hay tantos! ¿O no?

Pues quizás no. Yo he nacido en la abundancia de libros. Antes de saber leer, ya tenía una estantería llena de libros, y a lo largo de mi vida nunca he tenido problemas para conseguirlos: mis amigos me los prestan, tengo dinero para comprarlos, las bibliotecas son accesibles y además está Internet…

Pero mi abuela pasó hambre de libros. Mi abuela alquilaba el libro que pillara en el quiosco y se lo leía. Si algún amigo se hacía con un libro, ella lo leía. Y había que ser rápida, porque no estaban mucho tiempo en sus manos, eran prestados por alguien a quien se lo había prestado otro alguien a quien también se lo habían prestado. Si pasaba el verano en casa de unos amigos de sus padres, devoraba todos los volúmenes que pudiera encontrar en aquella casa. Si se encontraba un folio escrito por la calle, lo leía con la esperanza de que contuviera una historia o una carta de amor.

Uno de esos veranos que pasó en casa de esa amiga de la familia, mi abuela empezó a leerse un libro de un tal Lorenzo Gualtieri (un escritorzucho de segunda fila que pasó sin pena ni gloria) titulado Mercedes o el destino fatal. La suerte quiso que aquella mujer no se llevara nada bien con la hermana de mi abuela, y un día decidieron volverse solas a Valencia: dos niñas de 12 y 8 años cogiendo el tren. Mi abuela, que aún no había terminado aquel libro lo escondió en su maletita. No sé si tenía intención de devolverlo o no, ella omite esa parte cuando lo cuenta, así que tal vez no tuviera planes más allá de llegar al final de la novela. Pero la dueña era muy lista. Revisó sus equipajes antes de que se fueran y le quitó el libro.

El año pasado, dimos con Mercedes o el destino fatal que, por supuesto, no se reeditó jamás. No fue fácil, porque dependiendo del día, a veces mi abuela narraba la historia diciendo exactamente el título y otras veces (cuando íbamos a apuntarlo) se le olvidaba, Vagaba en círculos en torno a un recuerdo sin precisar nunca la segunda parte del título. Mercedes y la mala suerte… No… La pobre historia de Mercedes… No, tampoco… Mercedes y el terrible… No…

Se lo regalamos a mi abuela por su cumpleaños y empezó a leerlo pero le pareció tan malo, que lo abandonó a las pocas páginas. Es el único libro del que tengo constancia que ha dejado a la mitad, y dos veces: con 12 y con 83 años. Y tal vez sea porque ese libro no es un libro, sino un recuerdo. Lo conserva con cariño, pero no parece que vaya a leerlo.

Suelo pensar que si mi abuela hubiera nacido en la democracia, hubiera sido una mujer muy diferente. No le pega ser ama de casa, que es lo que fue. Según cuentan mi madre y mis tíos, era mi abuelo el que cocinaba bien. Pero a ella le toco otra época, otra vida y otras penurias. Le tocó vivir el tiempo del hambre, del hambre del estómago y del hambre de la cabeza.

En casa de mi abuela la comida no se tira y los libros se leen hasta el final.

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¡¡Nietzsche te ocurra!!

Hace más de cien años que murió Nietzsche y todavía no lo hemos superado. Su mano muerta, al estilo Seldon, sigue guiando nuestra pasmada existencia. Si un iPod está anticuado tras unos meses, ¿por qué persisten hoy en día las ideas filosóficas del siglo XIX? ¿Acaso no son un bien de consumo más para usar y tirar? El reto de superar a Nietzsche (en el sentido traumático de la palabra) puede que no sea un reto filosófico, sino audiovisual.

Me considero un amante de la filosofía y un odiante de los filósofos. Puedes toparte con honrosas excepciones fáciles de leer y de entender, pero el buen material está en manos de señores muy aburridos que escribían para sí mismos en el mejor de los casos y para nadie en absoluto en el peor.

Así que si algo sé de Nietzsche es porque tuve buenas profesoras de Filosofía en el instituto, porque si fuera por su Zaratustra (mi eterno libro “a medias”), estaría jodido. Por cierto, que si Disney adaptó a Shakespeare, podría probar con Friedrich, Also Sprach está lleno de animales que hablan.

De entre todo lo que se dice en ese libro vamos a recordar los tres estadios por los que pasa el espíritu del hombre: el camello, el león y el niño. Somos camellos cuando somos dóciles y asumimos los valores heredados sin cuestionarlos. Somos leones cuando nos revelamos contra esos valores, los negamos y los combatimos. Somos niños cuando aprendemos a alcanzar el equilibrio (¡Aristóteles!) y sabemos vivir con una relación sana con el entorno y creamos nuestros propios valores.

Esta división ternaria no es sólo aplicable al espíritu individual. Nietzsche se refería con ella a la propia historia de la humanidad y del conocimiento humano. Sin embargo, esta fórmula resulta mágica también en el audiovisual.

Entre la gente de mi edad, nacidos a finales de los 80, es fácil encontrar a alguien cuya película favorita sea El Club de la Lucha. Y es de dominio público en las esferas resabidillas que El Club de la Lucha es una película nietzschiana. ¡Ojo, a partir de aquí, llueven los espóilers!

En El Club de la Lucha, el Narrador es presentado como camello en el primer acto, como león en el segundo, y como niño al final. De hecho, la diferenciación no podría ser más obvia. El Narrador es el camello, Tyler es el león y ambos, el niño. El paralelismo con Also Sprach es muy exacto. Mientras que volar tu propio piso es hundirte en tu ocaso, acabar con la relación de créditos es hundir en en su ocaso a toda la humanidad.

Es decir, la fórmula de Nietzsche (una vez destilada de su libro) produce clásicos modernos. ¿Por qué? Porque esa weltanschauung conmueve los corazoncitos de los espectadores. Es como una proteína que encaja perfectamente en los receptores. Las ideas de Nietzsche están, pues, de rabiosa actualidad.

Otro ejemplo precioso es American Beauty (curiosamente, del 99, como Fight Club). En ella, Lester es un camello en el primer acto, cuando se encapricha de Ángela pasa a ser un león, y cuando en el último acto la rechaza se convierte en niño.

Rebelarse contra la sociedad no es suficiente. Una película con ese contenido se queda en la fase del león. Para ser nietzschiana se necesita que en el tercer acto se alcance el niño sí o sí. Así que, por ejemplo, podemos esperar que Walter de Breaking Bad, si se ha convertido en león en el episodio piloto, llegue a niño en el último.

No es más que eso. El compás ternario que marcó Friedrich es una fórmula que funciona. Engancha a la gente porque (se ve que) el mundo no ha cambiado en los últimos 150 años. Sus creadores (directores, guionistas e incluso sus intérpretes) son los hijos de la Generación X y es a ellos a quienes van dirigidas en principio. Los jóvenes de ahora que dicen que Fight Club es su película favorita están ensalzando una obra artística creada por la generación de sus padres, para la generación de sus padres, a través de la filosofía de sus tatarabuelos.

La postmodernidad se nos ha hecho bola, señores. Las piezas narrativas que pueden contener trazas de Nietzsche son demasiadas (al menos sí en el caso de los tres estadios del espíritu).

Tarde o temprano alguien hará una película de éxito con trasfondo filosófico y al levantarle las faldas no encontraremos ni rastro de Nietzsche. Ése día habrá muerto la postmodernidad. Ése día habremos acabado con Nietzsche. La muerte de Nietzsche, no de Dios, y a manos del audiovisual, no del superhombre.

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