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Examen de verbos: los verbos más difíciles

En el instituto tenían por costumbre hacernos un «examen de verbos» al trimestre. La prueba siempre era igual: diez formas verbales para que las escribieras y otras diez escritas para que las analizaras. Yo pertenecía a esa panda frikis elite lingüística que se sentía decepcionada si en el examen no entraba ninguna de las superestrellas, como el verbo roer o el futuro de subjuntivo, que Dios lo tenga en su gloria.

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Mi instituto, el Zorrilla. El mismo al que fue Soraya Saénz de Santamaría.

El otro día me dijeron por Twitter que soy un fan de las excepciones y que por qué tanto afán en buscar el caso particular con lo bonita que es la regla general. Es un comportamiento que he visto muchas veces. En el erasmus compartí habitación con un letón a quien le gustaban mucho las lenguas. Nunca había aprendido español y conmigo aprendió «dialectología», «voy a perder mi trineo por tu culpa», y a contestar «las que tú tienes» cuando te dan las gracias. Gran casoparticularizador y mejor persona.

No es que yo tuviera mucho afán en que aprendiese las 3 cosas menos útiles del castellano, fue él quien cogió un libro que yo tenía, leyó una frase al azar y cuando preguntó su significado, le contesté: I’m going to lose my sledge because of your fault. Le pareció divertido y la memorizó. Era más guay decirles eso a los españoles que un simple hola. Otro día me preguntó cómo se decía home en español. Le dije que podían ser dos palabras: una que se usaba para casa y para home y que probablemente era la que él quería conocer (casa) y otra que tenía un sentido más específico, más abstracto y que estaba cayendo en desuso (hogar). ¡La segunda es la que yo quiero conocer!, contestó.

De este amor por las excepciones y lo anecdótico, surge este dream team de formas verbales, el examen que yo hubiera querido que me pusieran en el instituto. Diez formas para escribir y diez para analizar que todos habríamos suspendido en la ESO. Un placer adulto al alcance de muy pocos (¿quién disfruta suspendiendo un examen?).

Si te animas a hacerlo, ¡juega limpio! Apunta las respuestas en un papel y no busques en Internet ni consultes nada, hazlo como lo hacíamos nosotros en clase. El examen está pensado para un estudiante de Castilla, es decir que no hay voseo y sí hay vosotros; los nombres de los tiempos son los que dice la RAE y no se espera que el alumno tenga en cuenta las formas de cortesía usted y ustedes. Buena suerte y que la fuerza te acompañe:

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Si ya lo has hecho, aquí te ofrezco la corrección:

PARTE 1

1. FuiPrimera persona del singular del pretérito perfecto simple del verbo ir o primera persona del singular del pretérito perfecto simple del verbo ser. Curiosamente ser e ir comparten formas verbales en el pasado, como el been del inglés, que puede ser participio pasado de to be o de to go.

2. CantamosPrimera persona del plural del presente o del pretérito perfecto simple del verbo cantar. Es igual en los dos tiempos.

3. Ve: Tercera persona del singular del presente de indicativo del verbo ver y segunda persona del singular del imperativo de los verbos ir y ver. ¡Esta podía ser tres formas distintas! Aun así, me sigue sonando mal cuando le aconsejo a alguien vete la primera temporada y ya verás cómo te engancha.

4. Hallas: Segunda persona del singular del presente de indicativo del verbo hallar. No hay que confundirla con hayas, presente de subjuntivo de haber, ni con haya el árbol, ni con aya la criada, ni con Aya (Aia) el municipio guipuzcoano.

5. : Primera persona del singular del presente de indicativo del verbo saber y segunda persona del singular del imperativo del verbo ser. Puede no parecer un caso muy complejo, pero muchas personas se atascan son una de las acepciones de saber. Cuando saber significa conocer, ninguno tenemos problemas: eso lo sé. Sin embargo, cuando saber significa tener sabor, mucha gente duda, incluso algunos se arriesgan con el divertido sepo. Pero no. Si alguien te lame o te pega un mordisco, no dudes en preguntarle ¿a qué sé?.

6. Hubo sido comentado: Tercera persona singular del pretérito anterior en voz pasiva del verbo comentar. Estamos ante dos de los grandes olvidados de las formas verbales: el pretérito anterior y la voz pasiva. Es casi imposible colocarlo en una oración que resulte natural: Una vez el tema hubo sido comentado por todos los asistentes, procedimos a la votación.

7. Indignaos: Segunda persona del plural del imperativo del verbo indignarse (o indignaros, si me apuras). Es otra forma que está perdiendo terreno últimamente. La gente suele decir indignaros. Sin embargo, de momento esa forma no está aceptada por la RAE y el título del libro de Stéphane Hessel Indignez-vous ! se tradujo en España como ¡Indignaos!, Indígnense, señores, y fue por él por lo que se llamó a los manifestantes y activistas del movimiento 15-M los indignados. Sin embargo recuerdo a una tertuliana en la tele diciendo «Sí, sí, estos son los indignaos, los indignaos del libro de Stéphane Hessel que se titula así, Indignaos». Confundía la forma vulgar del participio (indignaos en vez de indignados) con la forma extra-culta del imperativo (indignaos en vez de indignaros). Pocas veces los extremos se tocan (¡y fusionan!) de forma tan bella.

8. Haberse puesto: Infinitivo compuesto del verbo ponerse. ¡Nunca hay que olvidarse de las formas no personales! El infinitivo, el gerundio y el participio también son divertidos. Aunque esta forma coloquialmente tiene un uso muy divertido, el modo reprochativo podríamos llamarlo. ¿Que ahora tiene frío? ¡Haberse puesto un abrigo! o el ya clásico ¡Haber estudiao!

9. Hecho: Participio del verbo hacer. Sin más. Porque el hecho es que con el echo de te echo de menos yo echo la hache al lecho. Del dicho al hecho hay mucho trecho y a lo hecho pecho.

10. Loe: Primera o tercera persona del singular del presente de subjuntivo del verbo loar. Loar es alabar, elogiar. Así que no, no tiene nada que ver con la LOE, que nadie la loa ya. Ya escribió Muñoz Seca en La venganza de Don Mendo:

Aspid que mi pecho roe,

prosigue tu insana roa,

que aunque soy digno de loa

no he de ser yo quien se loe.

PARTE 2

1. 1ª persona del singular del presente de indicativo del verbo abolir: Abolo. Empezamos con presente, indicativo y verbo regular. Hasta hace poco se consideraba que abolir era un verbo defectivo. Los verbos defectivos son verbos a los que les faltan formas y abolir era tan caprichoso que no aceptaba formas sin la i en la desinencia. Es decir, que abolimos, abolió y abolirán valían, pero abolo no. En la última edición de su diccionario la RAE abole esta norma y abolir ya es un verbo regular de pleno derecho, así que tampoco está bien la forma yo abuelo.

2. 2ª persona del plural del imperativo del verbo irse: Idos. La norma dice que cuando tenemos un imperativo plural con el pronombre enclítico pegado -os, perdemos la d. Como en indignaos, marchaos, veníos y poneos. Así no se confunden con los participios indignados (o sí), machados, venidos y ponedos (vale, este no se confunde, acabo de darme cuenta). Así que aunque la gente suela decir iros (a tomar por saco, por ejemplo), la norma pide un íos que, sin embargo, también es incorrecto, pues estamos ante la excepción que confirma la regla. En Argentina, donde usan el vos, también tienen problemas con este imperativo. Si es marchá (vos), comé y vení, ¿el imperativo de ir es i? Trsitemente no (hubiera molado), el imperativo de ir es andá.

3. 1ª persona del singular del presente de indicativo del verbo asir: Asgo. A este verbo le quedan dos telediarios. Aunque todavía está presente en muchas novelas, nadie lo usa en el día a día y la mayoría puede pensar que es aso, pero no, aso es de asar. Eso sí, cuando quieras preguntarle a alguien qué está asiendo, no dudes en usar el Hola, ¿qué ase?.

4. 2ª persona del singular del imperativo del verbo haberHabe. Vaya mierdaca, ¿eh? Yo hubiera apostado por un ha tú. Jamás la escucharás y la propia RAE dice que carece totalmente de uso, o sea, que no existe. Pero sí existe. Ahí está puesta. Habe cuidado con esta forma que es muy rara.

5. 3ª persona del singular del presente de indicativo del verbo adecuar: Adecua. Con esta me han dado un tirón de orejas: al principio en este post ponía que adecúa con tilde está mal, pero según la Fundéu, ambas acentuaciones son válidas, aunque la primera versión sigue considerándose más culta.

6. 2ª persona del plural del pretérito anterior del verbo freírHubiste freído o hubiste frito. Freír tiene dos participios y los dos valen. Hubo un tiempo en el que freído se usaba para los tiempos compuestos y frito para todo lo demás. Había que decir: he freído un huevo y ahora está frito. Pero ese tiempo pasó y aunque mucha gente piense que solo una de las dos formas es correcta, lo cierto es que las dos lo son.

7. 3ª persona del plural del presente de subjuntivo del verbo errar: Yerre. Y erre que erre.

8. 3ª persona del singular del presente de indicativo del verbo haber: Ha y hay. ¡Ay! ¡Que siempre se nos olvida el hay! Hay y ha conviven en este nicho y su amor es precioso.

9. 3ª persona del plural del futuro perfecto de subjuntivo en voz pasiva del verbo extinguir: Hubieren sido extinguidos o extinguidas. Pura gramática ficción. Nadie usaría nunca esta forma. Pero no hay que olvidarse de que en pasiva los participios tienen género y número. Extinto es un adjetivo, no un participio, así que no vale como respuesta.

10. 2ª persona del singular del imperativo del verbo salirle: ERROR 404. Ay. Esto ha sido un poco trampa. Como en la prueba del kobayashi maru de Star Trek, no había solución posible. Se hubieran acercado salle, sal·le o sale, pero como bien descubrió el blog Un Arácnido Una Camiseta, no es más que un bug en la gramática castellana, una palabra que no se puede escribir.

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Hambre de libros

Mi abuela tiene 84 años. No se le dan muy bien las tecnologías. Ya tuvo problemas con el DVD, el móvil parece que lo descuelga, pero creo que siempre llama marcando los números a mano, pero tiene un eBook. Ésta es su historia.

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Mi abuela en Egipto.

Mi abuela nació en 1930. La Guerra la pilló de niña en Valencia y los recuerdos de esa época siguen vivos casi 80 años después. A mí de pequeño me contaron que mis abuelos habían luchado en bandos opuestos durante la Guerra (uno era de Valencia y otro de Valladolid), y a mí aquello me parecía una anécdota, una curiosidad simpática, hasta que atisbé, a través de mi abuela, lo que la Guerra significó realmente.

Para mi abuela significó pasarlo muy mal. Su padre, mi bisabuelo, tuvo que poner pies en polvorosa y se refugió en México, un país que acogió con los brazos abiertos a los españoles que en aquel entonces, vivieron algo parecido a lo que viven hoy los sirios. Por avatares del destino en los que no me entretendré, mis bisabuelos jamás se reunieron, y mi bisabuela se quedó en Valencia con tres hijos, sin marido, sin trabajo y en el bando perdedor.

En Valencia la posguerra no fue nada fácil. Mi abuela tuvo que empezar a trabajar desde muy pequeña. Con 8 años vendía pan de estraperlo en el mercado y un poco después empezó a trabajar en un taller de costura. Así que con tanto trajín no pudo ir al cole después de la Guerra.

Mi abuela recuerda vivamente su cole antes de la Guerra y especialmente recuerda dos cosas: los libros que allí había y las obras de teatro en las que participó. Desde pequeña se interesó por los libros y la lectura y parece ser que se le daba muy bien memorizar los diálogos. De mayor quería ser actriz. Pero nada de eso llegó a ser posible.

La Guerra y la posguerra truncaron los sueños de muchos. Las personas que lo estaban pasando un poco menos mal, eran a veces generosas con las que sí. Una amiga de mi bisabuela se ofrecía a llevar a mi abuela y a su hermana a su casa en un pueblecito (lejos de la urbe llena de miseria que era Valencia) durante los veranos. Mi bisabuela aceptaba aquello porque significaba que esos meses sus hijas iban a tener la comida asegurada. Así de mal estaban las cosas. Una vez me contó mi abuela que en aquel entonces toda la carne que comían eran pulmones de vaca. Cuando su madre podía permitirse un pequeño capricho, esa era la carne que les llevaba.

Para tranquilizaros, os diré que según fueron pasando los años, la situación amainó, mi abuela conoció a mi abuelo (también perdedor en la Guerra, pero con trabajo) y tuvieron 5 hijos que crecieron sin grandes carencias, que pudieron ir al cole y leer y (dos de ellos, fíjate tú) escribir.

Dada la afición de mi abuela por la lectura, uno de los pocos inventos que ha permitido que entraran en su vida ha sido el eBook, o sea, el eReader, que es como hay que decirlo. Las letras en su pantalla son ridículamente grandes, pero esa es otra de las grandes ventajas de esta tecnología. Y a pesar de que saber pasar las páginas y cambiar de libro (a duras penas), no sabe descargarse libros nuevos, así que cuando alguno de nosotros vamos de visita, nos pide que le bajemos tal o cual libro.

Hace unos días se terminó La montaña mágica de Tomas Mann y me pidió que le recomendara otro libro y se lo bajase. Últimamente yo no he leído mucha novela, más bien ensayo, así que le recomendé Sin ti no hay nosotros de Suki Kim, un relato autobiográfico de las experiencias de una profesora de inglés en una universidad de Corea del Norte. La idea le pareció interesante a mi abuela, pero por desgracia no estaba en español en Amazon.

Así que pasé a la lista de los más vendidos, allí había un libro de Nieves Concostrina titulado Menudas Historias de la Historia, que no es más que un anecdotario de hechos históricos contados con bastante salero, explicando cómo sucedieron y cómo han pervivido algunas interpretaciones erróneas. Le leí la descripción, le pareció bien y se lo bajé.

A la semana siguiente me dijo que no le estaba gustando demasiado. Que sí, que era entretenido el libro, pero que ella buscaba algo más profundo, de más calidad literaria. Entonces me arremangué y le dije, a ver, trae, que te buscamos otro. Pero entonces me dijo que no, que primero iba a terminarse éste. Sabes que no hay por qué acabarse los libros que a uno no le gustan, ¿verdad, abuela? Le dije. No, yo nunca hago eso, contestó. Yo si lo empiezo, lo acabo.

Como quieras, le dije. Y en aquel momento me pareció que semejante obstinación era una cabezonería de persona mayor, que no merecía la pena perder el tiempo con un libro que a uno no le entusiasma… ¡Hay tantos! ¿O no?

Pues quizás no. Yo he nacido en la abundancia de libros. Antes de saber leer, ya tenía una estantería llena de libros, y a lo largo de mi vida nunca he tenido problemas para conseguirlos: mis amigos me los prestan, tengo dinero para comprarlos, las bibliotecas son accesibles y además está Internet…

Pero mi abuela pasó hambre de libros. Mi abuela alquilaba el libro que pillara en el quiosco y se lo leía. Si algún amigo se hacía con un libro, ella lo leía. Y había que ser rápida, porque no estaban mucho tiempo en sus manos, eran prestados por alguien a quien se lo había prestado otro alguien a quien también se lo habían prestado. Si pasaba el verano en casa de unos amigos de sus padres, devoraba todos los volúmenes que pudiera encontrar en aquella casa. Si se encontraba un folio escrito por la calle, lo leía con la esperanza de que contuviera una historia o una carta de amor.

Uno de esos veranos que pasó en casa de esa amiga de la familia, mi abuela empezó a leerse un libro de un tal Lorenzo Gualtieri (un escritorzucho de segunda fila que pasó sin pena ni gloria) titulado Mercedes o el destino fatal. La suerte quiso que aquella mujer no se llevara nada bien con la hermana de mi abuela, y un día decidieron volverse solas a Valencia: dos niñas de 12 y 8 años cogiendo el tren. Mi abuela, que aún no había terminado aquel libro lo escondió en su maletita. No sé si tenía intención de devolverlo o no, ella omite esa parte cuando lo cuenta, así que tal vez no tuviera planes más allá de llegar al final de la novela. Pero la dueña era muy lista. Revisó sus equipajes antes de que se fueran y le quitó el libro.

El año pasado, dimos con Mercedes o el destino fatal que, por supuesto, no se reeditó jamás. No fue fácil, porque dependiendo del día, a veces mi abuela narraba la historia diciendo exactamente el título y otras veces (cuando íbamos a apuntarlo) se le olvidaba, Vagaba en círculos en torno a un recuerdo sin precisar nunca la segunda parte del título. Mercedes y la mala suerte… No… La pobre historia de Mercedes… No, tampoco… Mercedes y el terrible… No…

Se lo regalamos a mi abuela por su cumpleaños y empezó a leerlo pero le pareció tan malo, que lo abandonó a las pocas páginas. Es el único libro del que tengo constancia que ha dejado a la mitad, y dos veces: con 12 y con 83 años. Y tal vez sea porque ese libro no es un libro, sino un recuerdo. Lo conserva con cariño, pero no parece que vaya a leerlo.

Suelo pensar que si mi abuela hubiera nacido en la democracia, hubiera sido una mujer muy diferente. No le pega ser ama de casa, que es lo que fue. Según cuentan mi madre y mis tíos, era mi abuelo el que cocinaba bien. Pero a ella le toco otra época, otra vida y otras penurias. Le tocó vivir el tiempo del hambre, del hambre del estómago y del hambre de la cabeza.

En casa de mi abuela la comida no se tira y los libros se leen hasta el final.

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